Martes, 23 Julio 2013 02:02

¿Qué es el imperialismo?

Escrito por Henrique Canary/Guevariando
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Date un paseo por las calles del barrio donde pasaste tu infancia. En vano buscarás la tiendecita en la que cambiabas media docena de monedas por un puñado de caramelos, que estaban en un recipiente de vidrio sobre el mostrador, junto con la balanza tradicional y el papel para enrollar el pan.

En su lugar, o en una esquina cercana, lo que te vas a encontrar es un gran hipermercado: Carrefour, Eroski o Alcampo, dependiendo de la región en la que te encuentres.

Si prestamos atención a la vida económica, veremos que existe una tendencia a la desaparición de las pequeñas empresas, que cada vez más son sustituidas por grandes establecimientos y franquicias internacionales. Está claro que otras pequeñas empresas van surgiendo constantemente, pero poquísimas sobreviven. La quiebra es el fantasma que atormenta el sueño de los pequeños y medianos empresarios todas las noches. Y para el 99,9% de ellos la hora de cerrar las puertas acaba llegando tarde o temprano. La razón de tantos fracasos no es, al contrario de lo que intentan convencernos, el coste de la fuerza de trabajo, los altos impuestos o la falta de cualificación de los trabajadores, sino un viejo fenómeno conocido por todos nosotros, y sin embargo poco recordado últimamente: el imperialismo. Efectivamente. La invasión de Irak por los Estados Unidos y la quiebra de la tienda de la esquina tienen la misma causa: el sobrecrecimiento de los monopolios, que se tragan a las pequeñas empresas y dominan la economía mundial.

¿Qué es un monopolio?

El capitalismo del siglo XIX era muy diferente del de hoy. En cada rama de la industria había una infinidad de empresas que se disputaban libremente el mercado, cada una ofreciendo sus productos al precio más bajo posible. Era la época de la llamada "libre competencia".

En la lucha por los consumidores, las empresas iban perfeccionando el proceso productivo, introduciendo nuevas tecnologías o haciendo que sus obreros trabajaran más y mejor por el mismo salario. Cuando eso se daba, los costes de producción de esas empresas caían brutalmente y así conseguían ofrecer productos relativamente buenos a precios bastante bajos. Por otro lado, las empresas que no conseguían mejorar su producción o aumentar la explotación de sus obreros terminaban perdiendo espacio y quebrando. Con la quiebra de las industrias menos productivas, las empresas más eficientes abarcaban una cuota cada vez mayor del mercado nacional. De esa forma, a través de un ciclo de quiebras e incorporaciones sucesivas, en algunas décadas se llegó a una situación en que cada rama de la industria ya no era disputada por una infinidad de empresas, sino que estaba dominada por un puñado de 5 ó 6 grandes corporaciones. Debido a que dichas corporaciones eran pocas, en vez de continuar tragándose las unas a las otras, preferían llegar a un acuerdo y dividirse el mercado en base al tamaño y la capacidad productiva de cada una. Se formaban así los primeros cárteles, es decir, conglomerados de unas pocas empresas que acuerdan el precio de las mercancías, forzando a los consumidores a comprar los productos por un valor muy por encima del real.

De esa manera, a partir de finales del siglo XIX el capitalismo entró en una nueva fase de su desarrollo en que la libre competencia, que llegó a ser considerada como el "alma" del capitalismo, ya no pasaba de ser una parodia de mal gusto donde lo único que vale es el peso de los grandes monopolios.

Los monopolios y los bancos

Una vez formado un monopolio y establecido el control sobre un determinado mercado nacional, las empresas que participan del acuerdo comienzan a obtener beneficios extraordinarios ya que pueden imponer sus precios sin competencia alguna, simplemente conversando entre sí. Las ganancias obtenidas son, inicialmente, invertidas en la propia producción, que crece y se perfecciona sin parar. Las empresas, que ya eran grandes, se hacen gigantescas. Las metalúrgicas se asocian a las siderúrgicas, que les suministran el metal. Éstas, por su parte, se asocian a las mineras, que extraen el hierro de la tierra. Las petroleras compran las refinerías, que, por su parte, compran las gasolineras. En poco tiempo, se forman enormes conglomerados que controlan ramas enteras de la economía y cuyos beneficios sobrepasan considerablemente el presupuesto de algunos países.

Pero... ¿de dónde sale tanto dinero para invertir y crecer? Es evidente: de los bancos. Los bancos, que inicialmente en el capitalismo eran simples intermediarios en las operaciones monetarias, comienzan a participar activamente de la producción, prestándole dinero a las grandes empresas. Cuanto más crece la industria, más depende del crédito bancario. Cuanto más le presta dinero el banco a la industria, más beneficio obtiene y más dinero acumula para poder después prestarle de nuevo. En un determinado momento, los bancos sobrepasan a la industria en riqueza y poder y deciden dictar las reglas del juego, imponiéndoles a las empresas condiciones de financiación que éstas están obligadas a aceptar, bajo la amenaza de denegar sus peticiones de préstamo. Para garantizar que los préstamos sean bien utilizados, los bancos compran acciones de las propias empresas deudoras y envían a sus representantes a los consejos de administración de las mismas. Las empresas pierden así su autonomía y caen bajo el control de los bancos, que a estas alturas también son gigantescos. Al final, ya no se sabe más si son los bancos quienes invierten en las industrias o si son las industrias quienes invierten su dinero en los bancos. El capital industrial se funde así con el capital bancario, dando origen a una nueva fuerza económica y social, mucho más poderosa y devastadora, el verdadero Frankenstein del sistema capitalista: el capital financiero. En cada país, media docena de esos mega-conglomerados financieros controlan casi toda la economía.

Los monopolios y el imperialismo

El capital financiero invierte y produce dentro de un país, obteniendo enormes beneficios. Pero inmediatamente se tropieza con un problema: cada nación tiene sus fronteras y los beneficios no pueden crecer infinitamente dentro de un mercado finito. Por eso, de la misma manera que un tigre no puede alimentarse durante mucho tiempo de hierba, los monopolios no pueden permanecer mucho tiempo prisioneros del mercado nacional. Cuando la sed de beneficios aumenta, los monopolios buscan la única solución viable para sus problemas: la conquista del mercado mundial, que tampoco es infinito, pero que por lo menos es bastante mayor que el mercado nacional. Esta política de conquista del mercado mundial por los grandes monopolios es lo que llamamos imperialismo. En la lucha por establecer su imperio mundial, el capital financiero utiliza diferentes armas. Si el país a conquistar es un mercado libre, los monopolios utilizan medios puramente económicos: precios bajos, inversiones masivas, etc. Si, por el contrario, el objetivo es un país que cuenta con un mercado cerrado, protegido por tasas aduaneras altas o leyes que limitan la acción de los capitales extranjeros, los imperialistas pueden recurrir a la ayuda de medios no-económicos, principalmente la guerra de conquista o guerra colonial. Es evidente que los monopolios no llevan a cabo ellos mismos dichas guerras. Quien se encarga de ello son los Estados nacionales, que a estas alturas ya se encuentran completamente controlados por estos mismos monopolios. De esta manera, a finales del siglo XIX prácticamente toda Asia, África, Oceanía y Oriente Medio estaban bajo control militar directo de alguna potencia colonial, principalmente Francia, Inglaterra y Japón. Por su parte, en la misma época, América Latina entera ya se encontraba bajo dominio económico de los Estados Unidos, a pesar de que cada país mantenía formalmente su independencia política. Era el auge del imperialismo.

El imperialismo y las guerras mundiales

Sin embargo, la división del mundo entre las principales potencias coloniales no resolvió el problema. Como se supo después, la Tierra, a pesar de ser muy grande, también es finita. De esta manera, en pocos años de dominación imperialista del mundo, los monopolios sintieron nuevamente la necesidad de expandir su dominio. Pero como ahora todos los territorios importantes ya se encontraban controlados por algún país imperialista, no había otra salida que tomarlos del vecino. Así, las grandes potencias de Europa entraron, a finales del siglo XIX, en una carrera armamentista que llevaría, en 1914, a la Primera Guerra Mundial. Pocos años después, en 1939, la humanidad bucearía en un nuevo abismo sangriento: Alemania y Japón decidieron apoderarse sin contemplaciones de la parte de la tarta colonial que consideraban que les correspondía por derecho. Fue el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Imperialismo y socialismo

Por ironía del destino o por capricho de la historia, el imperialismo ha acabado suministrando la cuerda con la que él mismo se ahorcará un día.

Porque, ¿qué significa un mundo dominado por los monopolios? Significa que la extracción, producción y distribución de todo tipo de bienes y servicios están integradas en un único sistema logístico internacional; significa que los departamentos de estadística de los grandes conglomerados saben exactamente cuánto consume cada región del mundo de tal o cual producto y cuánto puede producir y exportar; significa que cada innovación técnica se esparce inmediatamente por todo el planeta, aumentando rápidamente la productividad del trabajo, incluso en las esquinas más remotas del globo; significa que las fronteras culturales y económicas entre los países se extinguieron de hecho. ¿Y qué son todos estos elementos, si no las bases materiales de una economía socialista mundial? Para pesar de la burguesía, el imperialismo es la prueba definitiva de que el "libre mercado" es una ilusión infantil y que una economía organizada mundialmente no sólo es posible, sino que también es mucho más eficiente y lógica que un puñado de economías nacionales aisladas. ¿Acaso es posible encontrar una demostración más evidente de las posibilidades del socialismo?

No hay duda de que nuestros represores nos han prestado, a su modo, un gran servicio. Que jueguen su juego de momento. Ya llegará la hora de que el proletariado del mundo entero coja a estos señores por el cuello y les diga: "Gracias, pero de aquí en delante seguimos nosotros".

El imperialismo hoy

Por más que cambie su apariencia y sus métodos, el imperialismo continúa siendo el fenómeno más destructor de la historia de la humanidad. Cuando no está rapiñando, está matando; y cuando está matando, está preparándose para rapiñar nuevamente. Las "inversiones extranjeras", arma preferente del imperialismo en la actual etapa, tan alardeadas por las burguesías nacionales como tabla de salvación para los países pobres, en realidad sólo sirven para alimentar a los monopolios que ya no consiguen obtener beneficios significativos en sus países de origen.

No es casualidad que durante la crisis económica de 2008, la General Motors anunciara el cierre de numerosas fábricas en Estados Unidos y Europa, y ninguna en cambio en Brasil o en China. Y no fue por un golpe de suerte de los trabajadores brasileños y chinos ni por la bondad de la GM, sino por el hecho de que en Brasil y en China están localizadas las plantas más lucrativas, es decir, donde los trabajadores son más explotados. Cada inversión imperialista es así una especie de "aspiradora de riquezas", que chupa la sangre y el sudor de los trabajadores de los países semicoloniales y los envía como beneficio a sus matrices en EEUU, Japón y Europa. En los países pobres quedan algunas migajas en forma de salario, ya que esas empresas ni siquiera pagan prácticamente impuestos.

España, pese la profundidad de la crisis económica actual, todavía es un país imperialista. Telefónica obtendrá 1.207 millones de euros en dividendos de su filial brasileña, la mayor empresa de telecomunicaciones del país sudamericano, con más de 91 millones de clientes. Lo mismo pasa con el BBVA, que obtiene una importante parte de sus beneficios en México y Brasil. A estos intereses económicos también se suman intereses geopolíticos y militares. No es casualidad que España haya participado en las guerras imperialistas de Irak, Afganistán y, más recientemente, de Mali.

Las tentativas de los monopolios de abarcar el mundo entero con su dominio no cesaron con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Al contrario, en la segunda mitad del siglo XX se multiplicaron las guerras coloniales y de ocupación, promovidas directa o indirectamente por el imperialismo: Vietnam (1959-1975), Malvinas (1982), Líbano (1982), Irán-Irak (1980-1988), Golfo Pérsico (1991), Somalia (1994), Afganistán (2001-?), Irak (2003-?), Haití (2004-?) y muchas otras.

Si el imperialismo tiene hoy con Obama un rostro más simpático, es simplemente para recuperarse del desgaste provocado por ocho años de gobierno Bush y prepararse para nuevos ataques contra los trabajadores del mundo. Si no que lo digan los pueblos iraquí, afgano y haitiano.

Visto 1634 veces Modificado por última vez en Jueves, 01 Agosto 2013 04:15

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