Lunes, 30 Septiembre 2013 07:18

El Plan Marshall: su Esencia, y las Consecuencias en el Movimiento Obrero

Escrito por Bitácora de un NICARAGÜENSE
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Se trata de una radiografía de los objetivos últimos del plan de incidencia económica y sojuzgamiento desarrollada por el imperialismo estadounidense en la Europa de la post guerra...

Obsérvese que este resulta en un genuino ejemplo respecto a las implicaciones imperialistas de la exportación de capitales... Tomando en consideración que el desarrollo del mismo se dio en un tiempo relativamente corto y a gran escala...

El documento:

Por NG

¿Cómo se puso en marcha el famoso Plan Marshall? ¿A qué intereses correspondía?

Después de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo norteamericano se encontró en posiciones dominantes desde el punto de vista económico, y en cierta medida militar, con respecto a Europa y Asia, arruinadas por la guerra. La economía norteamericana militarizada era bastante poderosa. Los Estados Unidos pretendían establecer su propia hegemonía político-económico-militar en todo el mundo con el objetivo primordial de cercar y debilitar a la Unión Soviética, la cual había salido victoriosa de la Segunda Guerra Mundial y sin duda alguna iba a restablecerse con rapidez también desde el punto de vista económico y contribuir a la consolidación y progreso de los nuevos Estados de democracia popular que se habían creado en Europa y Asia. Con este fin fueron elaboradas las tácticas imperialistas de la lucha político-ideológica, de la lucha económica y las tácticas militares. Estas últimas eran una continuación de los planes norteamericanos fraguados en el curso mismo de la Segunda Guerra Mundial, de esos planes que habían hecho de los Estados Unidos una gran potencia en la producción de armas modernas, la potencia que había descubierto y producido la bomba atómica, lanzada por primera vez sobre Hiroshima y Nagasaki.

Los Estados Unidos asumieron el liderazgo del mundo capitalista y el papel de su «salvador». Así, las pretensiones del imperialismo norteamericano de dominar el mundo pasaron a colocarse en primer plano. «La victoria en la Segunda Guerra Mundial, declaraba Harry Truman, que sucedió a Franklin Roosevelt en la presidencia de los Estados Unidos, colocó al pueblo norteamericano ante la necesidad permanente y urgente de convertirse en guía mundial». En esencia se trataba de un llamamiento de guerra contra la revolución y el socialismo, para conquistar nuevas posiciones dominantes en lo económico y militar a nivel mundial, para reanimar a sus socios y salvar el sistema colonial. En la realización de esta estrategia, recurrieron a la UNRRA, elaboraron el «Plan Marshall», crearon la OTAN y erigieron los otros bloques agresivos del imperialismo norteamericano.

Segunda, la cuestión fundamental para el capital estribaba en desplegar una actividad de zapa frontal contra la ideología marxista-leninista destinada a apartar de su influencia a los sectores más revolucionarios de los trabajadores, y hacer degenerar el socialismo.

A la par de la desenfrenada carrera armamentista, la militarización de la economía, los bloqueos económicos a los países socialistas, el imperialismo movilizó también ingentes medios propagandísticos, filósofos, economistas, sociólogos, escritores e historiadores en su rabiosa campaña contra la revolución y el socialismo, a fin de presentar el capitalismo y el Estado capitalista como reformados, como «capitalismo popular», como «Estado del bienestar general», etc. La burguesía aprovechó asimismo las coyunturas económicas favorables de la postguerra para alardear del «florecimiento del capitalismo», difundir entre las masas la ilusión de la supuesta desaparición de las crisis, la anarquía, el paro forzoso y otras lacras del capitalismo, de la supuesta superioridad del capitalismo sobre el socialismo, que era presentado como un sistema «totalitario» ubicado tras el «telón de acero», etc.

Con el objetivo de obstaculizar la lucha de liberación de los pueblos, sofocar la revolución proletaria, destruir el socialismo, defender y consolidar sus propias posiciones, la burguesía, en momentos de agonía y de crisis general de su sistema capitalista, instiga, alienta y moviliza, además de otros medios, a las diversas corrientes oportunistas y revisionistas. Estos enemigos del proletariado y de la revolución ponen en tensión todas sus fuerzas para golpear ante todo al marxismo-leninismo, ideología que hace consciente a la clase obrera de su estado social y de su misión histórica, a fin de deformar esta ideología, hacerla inofensiva para la burguesía e inservible para el proletariado. Este papel infame y traidor asumieron una vez más las nuevas corrientes del revisionismo que aparecieron después de la Segunda Guerra Mundial y que, sumariamente, fueron llamadas «revisionismo moderno».

El revisionismo moderno, continuación de las teorías antimarxistas de los partidos de la II Internacional, de la socialdemocracia europea, se adecuó a los tiempos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Su origen está en la política hegemonista del imperialismo norteamericano. Las variantes y las corrientes del revisionismo moderno tienen las mismas bases y la misma estrategia, y sólo se diferencian por las tácticas que aplican y por las formas de lucha que emplean. *

¿Tuvo repercusión desde las pretendidas filas «comunistas»?

Con sus ideas revisionistas acerca de la revolución y el socialismo, Browder prestó una directa ayuda al capitalismo mundial. Según Browder, el socialismo surge únicamente de una gran calamidad, de alguna catástrofe y no como resultado inevitable del desarrollo histórico:

«Nosotros -decía- no deseamos ninguna catástrofe para Norteamérica, aunque dicha catástrofe conduzca al socialismo». (E. Browder, Political Affairs, octubre 1956)

Presentando la perspectiva del triunfo del socialismo como algo muy lejano, abogaba por la colaboración de clases en la sociedad norteamericana y en todo el mundo. La única alternativa, según él, era el desarrollo evolucionista, a través de reformas y con la ayuda de los Estados Unidos.

Según Browder, los Estados Unidos, que disponían de un poder económico colosal, de un gran potencial científico y técnico, debían ayudar a los pueblos del mundo, incluyendo a la Unión Soviética, en su «desarrollo». Esa «ayuda», decía Browder, serviría para que Norteamérica mantuviese elevados ritmos de producción también en la postguerra, garantizaría el pleno empleo y salvaguardara la unidad nacional por muchos años. Con este fin, Browder aconsejaba que los magnates de Washington creasen:

«Una serie de corporaciones industriales gigantes para el desarrollo de diversas regiones atrasadas y arruinadas del mundo, en Europa, África, Asia y América Latina». (E. Browder, The Paht to Peace, Progress and Prosperity, New York, 1944, pág. 21)

Y continuaba con sus ideas.

«Si es que podemos enfrentar la realidad sin vacilar y hacer renacer en el sentido moderno de la palabra las grandes tradiciones de Jefferson, Paytie y Lincoln, entonces Norteamérica podrá presentarse unida ante el mundo, asumiendo un papel de guía para salvar a la humanidad». (E. Browder, Teheran, Our Path in War and Pace, New York, 1944, pág.128)

De esta manera Browder pasó a ser el portavoz y propagandista de la gran estrategia del imperialismo norteamericano, de sus teorías y sus planes neo colonialistas y expansionistas.

El browderismo prestaba un servicio directo al «Plan Marshall», mediante el cual los Estados Unidos trataban de establecer su hegemonía económica en los diversos países de Europa devastados por la guerra, en los países de Asia, de África, etc. Browder sostenía que los países del mundo y en particular los países de democracia popular y la Unión Soviética debían ablandar su política marxista-leninista y aceptar la ayuda «altruista» de los Estados Unidos, que según él cuentan con una gran economía y disponen de grandes excedentes que pueden y deben servir a todos los pueblos.

Sus puntos de vista antimarxistas y contrarrevolucionarios, Browder trató de presentarlos como línea general del movimiento comunista internacional. Al igual que todos los revisionistas anteriores, so pretexto del desarrollo creador del marxismo y de la lucha contra el dogmatismo, trató de argumentar que la nueva época surgida después de la Segunda Guerra Mundial exigía que el movimiento comunista revisara sus anteriores convicciones ideológicas y renunciase a las «fórmulas y prejuicios caducos», que, según él, «no van a ayudarnos en absoluto a encontrar nuestro camino en el mundo nuevo». Este era un llamamiento a abandonar los principios del marxismo-leninismo.

Los puntos de vista de Browder chocaron con la oposición de los partidos comunistas de muchos países, y con la de los propios comunistas revolucionarios norteamericanos. El browderismo fue desenmascarado con relativa rapidez como un revisionismo sin máscara, como una abierta corriente liquidacionista, como agencia ideológica directa del imperialismo norteamericano.

El browderismo ocasionó un grave daño al movimiento obrero y comunista en los Estados Unidos y en algunos países de América Latina. En el seno de algunos viejos partidos comunistas de América Latina se produjeron conmociones y escisiones que tuvieron su origen en la actividad de los elementos oportunistas, los cuales, cansados de la lucha revolucionaria, se aferraron a las ramas que les tendía el imperialismo norteamericano para sofocar las revueltas populares, la revolución y carcomer a los partidos que educaban y preparaban a los pueblos para la revolución.

En Europa, el browderismo no obtuvo el éxito de América del Sur, mas esta semilla del imperialismo norteamericano no quedó sin germinar en los elementos reformistas, antimarxistas y antileninistas enmascarados que esperaban o preparaban los momentos propicios para desviarse abiertamente de la ideología científica marxista-leninista. *

¿Cuáles fueron las causas de que en los Partidos Comunistas surgieran tras la Segunda Guerra Mundial tesis abiertamente reformistas y revisionistas?

Las condiciones económicas y políticas que se crearon en Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial favorecieron en mayor medida el reforzamiento y la difusión de los puntos de vista erróneos y oportunistas que habían existido ya anteriormente en las direcciones de los partidos comunistas de Francia, Italia y España, estimulando aún más el espíritu de concesiones y compromisos con la burguesía.

Entre estos factores estaba la abrogación de las leyes fascistas y de las otras medidas coercitivas y restrictivas que la burguesía europea había adoptado ya desde los primeros días del triunfo de la Revolución de Octubre hasta el estallido de la guerra, para contener el creciente ímpetu revolucionario de la clase obrera e impedir su organización política, para cortar el camino a la difusión de la ideología marxista.

El restablecimiento de la democracia burguesa en una escala más o menos amplia, como era la completa legalización de todos los partidos políticos, excepto los fascistas; el permitir su participación sin impedimento alguno en la vida política e ideológica del país; el crearles la posibilidad de una participación activa en las campañas electorales, que ya se desarrollaban sobre la base de algunas leyes menos restrictivas, para cuya aprobación los comunistas y las otras fuerzas progresistas habían desarrollado una larga lucha, fomentaron muchas ilusiones reformistas en las direcciones de los partidos comunistas. En éstas, comenzó a arraigar el punto de vista de que el fascismo había desaparecido de una vez y para siempre, que la burguesía no sólo ya no estaba en condiciones de limitar los derechos democráticos de los trabajadores, sino que se vería obligada a ampliarlos aún más. Comenzaron a pensar que los comunistas, al haber salido de la guerra como la fuerza política, organizadora y movilizadora más influyente y poderosa de la nación, obligarían a la burguesía a extender cada vez más la democracia y permitir una participación cada vez más amplia de los trabajadores en la dirección del país; que a través de las elecciones y del parlamento tendrían la posibilidad de tomar el Poder pacíficamente y pasar posteriormente a la transformación socialista de la sociedad. El que en Francia e Italia de postguerra participaran en el gobierno dos o tres ministros comunistas fue visto por dichas direcciones no como el máximo de las concesiones formales que hacía la burguesía, sino como el comienzo de un proceso que iría tomando cada vez un mayor auge, hasta llegar a la creación de un gabinete gubernamental compuesto exclusivamente por comunistas.

En la propagación de las ideas oportunistas y revisionistas en los partidos comunistas, un gran influjo ejerció asimismo el desarrollo económico de postguerra en occidente. Cierto que la Europa Occidental había quedado destruida por la guerra, mas su reconstrucción fue relativamente breve. El flujo de capitales norteamericanos hacia Europa de acuerdo al «Plan Marshall», permitió la reconstrucción de fábricas, combinados, subsanar el transporte y la agricultura, así como que la producción se desarrollara de una forma intensiva. Este desarrollo abrió numerosos frentes de trabajo y por un largo período de tiempo no sólo atrajo la mano de obra disponible, sino que además creó una cierta carestía de la misma.

Esta situación, que proporcionaba a la burguesía súper ganancias colosales le permitió aflojar la bolsa y suavizar de algún modo los conflictos laborales. En el terreno social, caso de los seguros sociales, la sanidad, la enseñanza, la legislación laboral, etc., adaptó algunas medidas, por las cuales tanto había luchado la clase obrera. La considerable elevación del nivel de vida de los trabajadores con respecto a los tiempos de la guerra e incluso, a los de anteguerra, el rápido ascenso de la producción como resultado de la reestructuración de la industria y la agricultura y del inicio de la revolución técnica y científica, así como la total ocupación de la mano de obra, abrieron el camino a la proliferación en algunos individuos no formados y oportunistas de las concepciones sobre el desarrollo del capitalismo sin conflictos de clase, sobre la evitabilidad de las crisis por parte de éste, sobre la desaparición del fenómeno del desempleo, etc. Una vez más se confirmó la gran enseñanza del marxismo-leninismo de que los períodos de desarrollo pacífico del capitalismo son el origen de la difusión del oportunismo. La nueva capa de la aristocracia obrera, que creció considerablemente en aquel tiempo, comenzó a ejercer una influencia cada vez más negativa en las filas de los partidos y de sus direcciones, introduciendo ideas y puntos de vista oportunistas y reformistas.

Bajo la presión de estas circunstancias, los programas de los partidos comunistas se fueron reduciendo hasta convertirse en programas mínimos de carácter democrático y reformista, a la vez que la idea de la revolución y del socialismo se iba alejando cada vez más. La gran estrategia de la transformación revolucionaria de la sociedad cedió su puesto a la pequeña estrategia de los problemas corrientes de cada día, que fue absolutizada y se convirtió en línea política e ideológica general.

De este modo, los partidos comunistas italiano, francés, británico, y, después de éstos, también el de España, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial comenzaron a alejarse gradualmente del marxismo-leninismo, a adoptar tesis y puntos de vista revisionistas, a introducirse en la vía del reformismo. Cuando el revisionismo jruschovista apareció en escena, el terreno era propicio para adaptar esta corriente y unirse a ella en la lucha contra el marxismo-leninismo. Las decisiones del XX Congreso del PCUS, a la par de la presión de la burguesía y de la socialdemocracia del interior del país, influyeron poderosamente sobre dichos partidos en su paso definitivo, a las posiciones antimarxistas socialdemócratas. *

¿Qué era exactamente el Plan Marshall? ¿Qué función realizaba frente a los países deudores?

Hoy día, los empréstitos, los créditos y las ayudas gubernamentales constituyen una de las formas más difundidas de exportar capitales. Este tipo de exportación lo practican especialmente la Unión Soviética y los demás países revisionistas.

Además de asegurar beneficios capitalistas, estos créditos, «ayudas» y empréstitos tienen también fines políticos. Los Estados que dan los créditos tienden a apuntalar y a consolidar el poder político y económico de determinadas camarillas, que defienden los intereses económicos, políticos y militares a su vez del país acreedor, el beneficio pues, es recíproco y por eso es tan común. Puesto que los acuerdos sobre este tipo de créditos son ultimados entre gobiernos, se refuerza aún más la dependencia económica y política del prestatario con respecto al prestamista. Un ejemplo clásico en lo que se refiere a esta forma de exportación de capitales lo constituye el «Plan Marshall», que después de la Segunda Guerra Mundial pasó a ser la base económica de la expansión política y militar de los Estados Unidos en los países de Europa Occidental. Similares son las llamadas ayudas que los revisionistas soviéticos dan a países como la India, Irak, etc., supuestamente para desarrollar la economía y crear el sector estatal de la industria.

Actualmente el imperialismo norteamericano, el socialimperialismo soviético y el capitalismo de los países industrializados han alcanzado tal nivel de desarrollo que las ganancias que obtienen acumulando capitales, son extraordinariamente grandes. La acumulación de capitales crea enormes beneficios que van a parar a los bolsillos de los monopolistas, de la oligarquía financiera, quienes no ponen estas utilidades al servicio del pueblo trabajador, pobre e indigente y de sus necesidades más apremiantes, no, sino que las exportan a los países de donde esperan obtener beneficios aún más grandes. Este tipo de países donde se invierten, normalmente, son los países que China denomina del «tercer mundo». Pero también hacen inversiones de este tipo en los países capitalistas desarrollados. Se han escrito numerosos libros sobre el proceso de la penetración de los capitales norteamericanos en Europa y sus objetivos políticos y económicos. En un libro suyo, el autor norteamericano Geoffrey Owen nos ofrece un claro panorama. Al empezar el capítulo «Sociedades internacionales», dice que el aumento de las inversiones norteamericanas en el exterior se ha realizado según la concepción de que los norteamericanos no representan una sociedad con intereses en ultramar, sino una sociedad internacional. El cuartel general de esta sociedad se encuentra en los Estados Unidos. Esto significa que las grandes firmas norteamericanas no piensan únicamente en cubrir las necesidades de su propio país, las de la industria y de sus clientes en los Estados Unidos, sino también en extender sus redes a otros países. Estas sociedades invierten sus «excedentes de capitales» en otros países para obtener mayores beneficios. Corporaciones gigantes tales como la «Socony Mobile», la «Standard Oil of New Jersey» y otras, consiguen casi la mitad de sus ganancias saqueando y explotando a los otros países. Alrededor de 500 compañías aseguran cada año aproximadamente 10.000 millones de dólares de beneficios en el exterior. Son más de 3.000 las empresas de este género que han invertido en el extranjero. Por lo tanto, las fórmulas y los términos, «sociedades multinacionales» o «capitalismo internacional», están en boga, son utilizados en el lenguaje periodístico y en las operaciones bancarias.

Geoffrey Owen señala que, en 1929, más de 1.300 sociedades europeas eran propiedad de firmas norteamericanas o estaban bajo su control. Esta era la primera fase de la ofensiva norteamericana en dirección a la industria europea. La presión de la Segunda Guerra Mundial que se preparaba, contuvo momentáneamente la invasión de capitales norteamericanos. De 1929 a 1946, el valor de las inversiones directas, realizadas por las sociedades norteamericanas en otros países del mundo, descendió de 7.500 a 7.200 millones de dólares. Pero, después de la Segunda Guerra Mundial, en 1950, la cantidad de inversiones norteamericanas en el exterior ascendió a 11.200 millones, cuya mitad estaba concentrada en los países de América Latina y Canadá. En América Latina se hicieron inversiones para explotar las materias primas: petróleo, cobre, mineral de hierro, bauxita, así como bananas y otros productos agrícolas. En Canadá estas inversiones se hicieron en mayor medida en las minas y el petróleo, y se desarrollaban en amplia escala debido a la proximidad de estos países y a otras condiciones que facilitaban la penetración.

Europa, del mismo modo, se convirtió en los años 50 en un importante terreno para las inversiones norteamericanas. Las inversiones en este continente se extendieron rápidamente al sector de las comunicaciones, a la gran producción en serie, a la fabricación de equipos complejos. Junto con ellas afluyeron también las mercancías y los productos norteamericanos.

El mencionado autor indica que la situación creada en el mercado capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, dio un mayor impulso a las inversiones norteamericanas. Veamos los siguientes datos sobre el aumento de estas inversiones en el exterior; en 1946 totalizaban 7.200 millones, y luego comienzan a aumentar, en 1950 llegan a 11.200 millones, en 1964 alcanzan el importe de 44.300 millones y en 1977 superan los 60.000 millones de dólares.

Las sociedades norteamericanas, ampliando continuamente sus operaciones a escala mundial, han exacerbado la competencia con las firmas de cada país y se ha acrecentado el temor de éstas a verse dominadas por las gigantes empresas norteamericanas. Este problema es aún más agudo en los países poco desarrollados donde las firmas norteamericanas dominan las ramas clave de la industria y tienen una influencia preponderante sobre las economías nacionales. En otras palabras, estas gigantescas sociedades norteamericanas tienen en sus manos, y de hecho dirigen, las economías y los gobiernos locales.

Es conocida la prolongada lucha desarrollada entre las sociedades norteamericanas del petróleo y el gobierno mexicano, que concluyó, en 1938, con el fracaso de la política de oposición del gobierno de México. La misma suerte corrió la disputa entre el monopolio británico del petróleo y el gobierno iraní, que terminó con la destitución de Mosadegh. Estas contiendas son continuas y demoledoras y acaban siendo ganadas por los grandes trusts norteamericanos. *

¿Dicha penetración económica, política e ideológica norteamericana y las consecuencias que sufren aún hoy día los países europeos, presuponen que hay imperialismos buenos? ¿O que esta relación de dominación del imperialismo norteamericano es inmutable?

Algunos camaradas afirman que, debido al desarrollo de nuevas condiciones internacionales después de la Segunda Guerra Mundial, las guerras entre los países capitalistas han dejado de ser inevitables. Consideran esos camaradas que las contradicciones entre el campo del socialismo y el campo del capitalismo son más fuertes que las contradicciones entre los países capitalistas; que los Estados Unidos dominan lo bastante a los demás países capitalistas para no dejarles combatir entre sí y debilitarse mutuamente; que los hombres más inteligentes del capitalismo han sido lo bastante aleccionados por la experiencia de las dos guerras mundiales –guerras que han causado serios perjuicios a todo el mundo capitalista– para no permitirse arrastrar de nuevo a los países capitalistas a una guerra entre sí; y que, en virtud de todo eso, las guerras entre los países capitalistas han dejado de ser inevitables.

Esos camaradas se equivocan. Ven los fenómenos exteriores, que aparecen en la superficie, pero no advierten las fuerzas de fondo que, si por el momento actúan imperceptiblemente, serán, en fin de cuentas, las que determinen el desarrollo de los acontecimientos.

En apariencia, todo marcha «felizmente»: los Estados Unidos tienen a ración a la Europa Occidental, al Japón y a otros países capitalistas; Alemania –la del Oeste–, Inglaterra, Francia, Italia y el Japón, que han caído en las garras de Estados Unidos, cumplen, sumisos, las órdenes de ese país. Pero sería un error suponer que ese «bienestar» puede subsistir «por los siglos de los siglos», que esos países soportarán siempre el dominio y el yugo de Estados Unidos y que no intentarán arrancarse de la esclavitud a que los tienen sometidos los norteamericanos y emprender un camino de desarrollo independiente.

Tomemos, ante todo, a Inglaterra y a Francia. Es indudable que son países imperialistas. Es indudable que las materias primas baratas y los mercados de venta asegurados tienen para ellos una importancia de primer orden. ¿Se puede suponer que esos países soportarán eternamente la situación actual, en la que los norteamericanos, al socaire de la «ayuda» según el «plan Marshall», penetran profundamente en la economía de Inglaterra y de Francia, con el afán de convertirla en un apéndice de la economía de los Estados Unidos? ¿Soportarán eternamente esos países que el capital norteamericano eche la zarpa a las materias primas y a los mercados de venta en las colonias anglo-francesas y prepare de este modo una catástrofe para los elevados beneficios de los capitalistas anglo-franceses? ¿No será más acertado decir que la Inglaterra capitalista y, tras ella, la Francia capitalista se verán, en fin de cuentas, obligadas a arrancarse del abrazo de los Estados Unidos y a tener un conflicto con ellos para asegurarse una situación independiente y, claro está, elevados beneficios?

Pasemos a los principales países vencidos, a Alemania –la del Oeste– y al Japón. Estos países arrastran hoy una existencia miserable bajo la bota del imperialismo norteamericano. Su industria y su agricultura, su comercio y su política exterior e interior, toda su vida se ve encadenada por el «régimen» norteamericano de ocupación. Y esos países todavía ayer eran grandes potencias imperialistas, que sacudieron los fundamentos del dominio de Inglaterra, los Estados Unidos y Francia en Europa y en Asia. Suponer que esos países no tratarán de ponerse en pie otra vez, de dar al traste con el «régimen» de los Estados Unidos y de abrirse paso hacia un camino de desarrollo independiente, significa creer en milagros.

Se dice que las contradicciones entre el capitalismo y el socialismo son más fuertes que las contradicciones entre los países capitalistas. Teóricamente, eso es acertado, claro está. Y no sólo lo es ahora, hoy día, sino que lo era también antes de la Segunda Guerra Mundial. Y, más o menos, eso lo comprendían los dirigentes de los países capitalistas. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial no empezó por una guerra contra la U.R.S.S., sino por una guerra entre países capitalistas. ¿Por qué? En primer término, porque la guerra contra la U.R.S.S., como el país del socialismo, es más peligrosa para el capitalismo que la guerra entre países capitalistas, pues si la guerra entre países capitalistas sólo plantea la cuestión del predominio de unos países capitalistas sobre otros países capitalistas, la guerra contra la U.R.S.S. debe plantear inevitablemente la cuestión de la existencia del propio capitalismo. En segundo término, porque los capitalistas, aunque con fines de «propaganda» alborotan acerca de la agresividad de la Unión Soviética, no creen ellos mismos lo que dicen, pues tienen en cuenta la política pacífica de la Unión Soviética y saben que este país no agredirá a los países capitalistas.

Después de la primera guerra mundial considerábase también que Alemania había sido puesto fuera de combate para siempre, como algunos camaradas piensan hoy del Japón y de Alemania. Entonces también se hablaba y se alborotaba en la prensa diciendo que los Estados Unidos tenían a Europa a ración, que Alemania no podría ponerse de nuevo en pie y que no habría ya más guerras entre los países capitalistas. Sin embargo, a pesar de todas esas consideraciones, Alemania levantó cabeza y se puso en pie como una gran potencia al cabo de unos quince o veinte años después de su derrota, arrancándose a la esclavitud y emprendiendo el camino de un desarrollo independiente. Es muy sintomático que fueran precisamente Inglaterra y los Estados Unidos quienes ayudaron a Alemania a resurgir económicamente y a elevar su potencial económico militar. Claro está que, al ayudar a Alemania a ponerse en pie económicamente, los Estados Unidos e Inglaterra pensaban orientar a Alemania, una vez repuesta, contra la Unión Soviética, utilizarla contra el país del socialismo. Sin embargo, Alemania dirigió sus fuerzas, en primer término, contra el bloque anglo-franco-norteamericano. Y cuando la Alemania hitleriana declaró la guerra a la Unión Soviética, el bloque anglo-franco-norteamericano, no sólo no se unió a la Alemania hitleriana, sino que, por el contrario, se vio constreñido a formar una coalición con la U.R.S.S., contra la Alemania hitleriana.

Por tanto, la lucha de los países capitalistas por los mercados y el deseo de hundir a sus competidores resultaron prácticamente más fuertes que las contradicciones entre el campo del capitalismo y el campo del socialismo.

Se pregunta: ¿qué garantía puede haber de que Alemania y el Japón no vuelvan a ponerse en pie, de que no traten de escapar de la esclavitud norteamericana y de vivir una vida independiente? Pienso que no hay tales garantías.

Pero de aquí se desprende que la inevitabilidad de las guerras entre los países capitalistas sigue existiendo.

Se dice que la tesis de Lenin relativa a que el imperialismo engendra inevitablemente las guerras debe considerarse caducada, por cuanto en el presente han surgido poderosas fuerzas populares que actúan en defensa de la paz, contra una nueva guerra mundial. Eso no es cierto.

El presente movimiento pro paz persigue el fin de levantar a las masas populares a la lucha por mantener la paz, por conjurar una nueva guerra mundial. Consiguientemente, ese movimiento no persigue el fin de derrocar el capitalismo y establecer el socialismo, y se limita a los fines democráticos de la lucha por mantener la paz. En este sentido, el actual movimiento por mantener la paz se distingue del movimiento desarrollado en el período de la primera guerra mundial por la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, pues este último movimiento iba más lejos y perseguía fines socialistas.

Es posible que, de concurrir determinadas circunstancias, la lucha por la paz se desarrolle hasta transformarse, en algunos lugares, en lucha por el socialismo, pero eso no sería ya el actual movimiento pro paz, sino un movimiento por derrocar el capitalismo.

Lo más probable es que el actual movimiento pro paz, como movimiento para mantener la paz, conduzca, en caso de éxito, a conjurar una guerra concreta, a aplazarla temporalmente, a mantener temporalmente una paz concreta, a que dimitan los gobiernos belicistas y sean sustituidos por otros gobiernos, dispuestos a mantener temporalmente la paz. Eso, claro es, está bien. Eso incluso está muy bien. Pero todo ello no basta para suprimir la inevitabilidad de las guerras en general entre los países capitalistas. No basta, porque, aun con todos los éxitos del movimiento en defensa de la paz, el imperialismo se mantiene, continúa existiendo, y, por consiguiente, continúa existiendo también la inevitabilidad de las guerras.

Para eliminar la inevitabilidad de las guerras hay que destruir el imperialismo.

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