¿Como Se Construye El Socialismo? El Socialismo Se Construye Luchando. Segunda Parte
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Segunda parte: teoría y práctica revolucionaria
Marx, marxismo o marxismos

En forma muy habitual se cofunden estos dos conceptos distintos. La revolución socialista es un acto, un hecho, un momento único, donde se expresan todas las rebeldías acumuladas y sin ningún freno. Las masas obreras y explotadas conducidas por una vanguardia, asaltan y derrumban el poder de la burguesía. Esto es una revolución socialista.

La revolución socialista no es un proceso, no es una larga construcción ni algo permanente. Es un hecho histórico social determinado y finito, que no tiene otro alcance que arrebatar el poder a la burguesía. Debemos aclarar que hablamos de revolución socialista por los fines que se propone, que no solo se limitan al derrumbe del poder burgués, sino a la perspectiva de empezar a construir el socialismo.

La revolución socialista en el mejor de los casos y de acuerdo a su construcción de fuerzas concretas, puede quitarle el poder político a la burguesía, quebrar su hegemonía del poder militar, destruir su ordenamiento jurídico, administrativo, policial y finalmente, en un tiempo político muy breve, inaugurar un ciclo con nuevas reglas revolucionarias: la dictadura del proletariado.

A esta situación por decirlo en forma esquemática, la precede un tiempo de situación pre revolucionaria, donde se agudiza el conflicto de clases. Luego pasa a una situación objetiva revolucionaria, que pone de manifiesto el equilibrio de fuerzas donde ya los de arriba no pueden gobernar como antes, pero que los de abajo aun no pueden empezar a imponer sus reglas y el enfrentamiento por el poder político es explicito.

El siguiente paso, es la crisis nacional revolucionaria y es el momento objetivo donde, ya se empieza a expresar el nuevo poder, con liberaciones parciales de territorios, control de hecho del orden público, establecimiento de nuevos órganos de poder político y militar que puede desembocar en una revolución socialista.

Con la revolución socialista ya realizada, es obvio que no llega el socialismo. Se recibe una economía virtualmente paralizada, un país semi destruido, confusión administrativa, depuración política y nuevos alineamientos políticos que conviven con un necesario querer “normalizar” en algo la situación nacional. (sino es el caso de tener que emprender de inmediato una guerra de defensa del nuevo poder en algunos territorios o en todos). El socialismo aun estará lejos de plantearse. Por lo tanto, confundir revolución socialista con socialismo, es solo el inicio de un montón de confusiones.

Antes de entrar a revisar el socialismo, debemos decir entonces algunas palabras sobre la teoría marxista.

Como revisamos arriba, Marx decía que los países mas desarrollados desde el punto de vista industrial, tenían una base mas solida para construir el socialismo y el se imaginaba que allí surgiera, por tanto, un poderoso movimiento obrero revolucionario, que se diera la tarea de realizar la revolución y empezar la tarea de construir el socialismo. También se imaginaba que la revolución se daría mas o menos en un mismo tiempo en aquellos países más desarrollados.

¿Marx se equivoco acaso? ¿estaba errado? La respuesta no es simple sino algo mas compleja que las preguntas realizadas. Marx desarrolla todo su trabajo en plena ebullición del capitalismo, pero a pesar de eso, no había alcanzado aun un desarrollo de las fuerzas productivas mas maduro.

Las comunicaciones, sobre todo, eran lentas y a pesar que siempre trato de estar lo más informado posible, sin duda no podía estarlo del todo y una gran parte del mundo lo conocía solo a medias, de oídas, o por medio de ligeros textos cargados de sesgos de autores de dudosa rigurosidad. El desarrolla su pensamiento en medio y producto de la lucha de clases concreta que se desarrolla en el viejo continente y, por tanto, es del todo imposible que ese conjunto teórico no este cruzado por su propia experiencia, a pesar de la universalidad de las grandes leyes y categorías puestas al descubierto.

De allí que es necesario considerar cierto eurocentrismo en su obra como algo natural y hasta necesario de acuerdo a su tiempo. Marx no podía de ninguna manera saber cómo se replantearía la lucha de clases por parte de la burguesía luego de la revolución rusa, ni su nuevo concepto de la guerra de clases desarrollado por el capitalismo.

De allí que podemos afirmar que Marx no se equivoco ni mucho menos, sino que su obra era para ir completando de acuerdo al momento histórico. Era algo inacabado porque la historia es algo infinito. Aunque haya puesto de manifiesto algunas leyes objetivas del desarrollo histórico-económico-social, en su trabajo sistemático y científico, no podía ser de ningún modo algo terminal, acabado y finito

Los marxismos subyacentes

A partir de la obra desarrollada por Marx (y nutrida y acompañada por Engels) se construyó una tradición que ha sido denominada “marxismo”.  Hay que dejar bien en claro que es imprescindible abrazar el plural para referirse a ella. No se trata de “marxismo” sino de “marxismos”.

Una de estas tradiciones se adjudicó la función rectora de autoridad interpretativa, erigiéndose en el canon inmutable frente al cual resultó herética toda forma mixturada, contextuada o mediada socio-culturalmente. Este fue el modelo hegemónico implantado en Nuestra América que formó un tipo de militante infeliz, acostumbrado “al tedioso oficio de medir el grado en el que la realidad se ajusta o no a la teoría y a su bagaje de saberes”

Comprende la dialéctica desde una perspectiva más ontológica y sustancial que metodológica o relacional, convirtiéndose en anti-dialéctica, que lo conduce a constituirse en una metafísica revolucionaria, en un “clericalismo lóbrego y oficial” con sus propios enemigos: el psicoanálisis, el existencialismo, la cibernética o el cristianismo. Su desarrollo de la “teoría del reflejo” (que considera que la conciencia es un reflejo de la materia) condujo a visiones de “dialéctica objetiva” que potenció los costados más cartesianos y newtonianos desatando un “proceso de conversión de la crítica ideológica en “ideología” (para peor, de Estado) y el paso subsiguiente: la teorización de la ideología”

Hijo de la racionalidad dominante, este marxismo reprodujo la mirada eurocéntrica, logocéntrica, etnocéntrica, autorreferencial, narcisista, machista (falocéntrica), opresiva y sofocante del pensamiento hegemónico (burgués). Frecuentemente tendió a dejar de lado, ignorar o hasta negar el conjunto de realidades humanas que cuestionaban esa racionalidad y prefirió evitar algunas dimensiones vinculadas a lo onírico y a los sentimientos, a la sexualidad y al inconsciente, a la magia, el arte, los mitos y la religión.

Esta mirada ortodoxa, promovió una arrogancia teórica y una opresión intelectual en favor de un retorno a los “principios originarios, apartándose de la historia y convirtiendo al marxismo en una filosofía ahistórica que se correspondió con el reformismo político.

Este tipo de ortodoxia marxista imperante, aún en fervorosos anti-estalinistas, impide, por ejemplo, comprender las contradicciones y posibilidades surgidas en un proceso como el bolivariano de Venezuela. ¿Por qué? Porque la ortodoxia desarrolla una “revolución de bolsillo” que, cuando aparece un proceso nuevo, primero le hacen las pruebas de pureza química y si los ADN no registran con el modelo de revolución que llevan en el bolsillo, se apartan, usan los límites del proceso y el límite de sus líderes para negar su novedad. Los ortodoxos no apoyan revoluciones que no dirigen, quizás por eso nunca dirigen nada serio.

Otra posición surge como una posibilidad de construir una nueva racionalidad que ayude a reconciliar la razón y la fraternidad, la teoría y la ética y que se enfrente a la indigencia intelectual. Propone llenar al marxismo con la vida de las personas, así, al darle vida y personas al marxismo, el marxismo puede darse a la vida y a las personas. Es la clave para superar un corpus teórico abstracto y cuadriculado, marchito y muerto. Impulsa un descentramiento que lo conduce a la modestia epistémica, a la autocrítica y al reconocimiento del principio de falsabilidad. Como sus categorías son susceptibles de transformaciones, incrementos, reelaboraciones, desarrolla una capacidad “de revolucionar los mundos conceptuales y los mundos concretos.

Según esta posición el marxismo debe abrirse siempre a las diversas formas de conocimiento, ser dialógico, dudar de su completud y enseñar a no despreciar lo otro. Sólo así, puede hacer reconocibles los mejores elementos de la teoría revolucionaria universal que porta: una razón práctica y liberadora, el énfasis en la historicidad de los procesos sociales, un saber dinámico propenso a las reelaboraciones en el marco de la experiencia histórica colectiva, entre muchos otros. Entonces, se convierte en una ética que no es utilitarista, ni dogmática, ni absolutista, sino humanista, asociada a los hombres y mujeres concretos, reales; una ética que constituye la base categorial. En síntesis, el marxismo propuesto es una ciencia para la acción, un instrumento-herramienta para usar, no un abalorio teórico o un andamiaje conceptual yerto. Ciertamente es un organismo vivo que puede ser moldeado, reformulado, rehecho.  Su sino está en la praxis, en la recomposición de la unidad paradigmática entre teoría-práctica, pensamiento-ser, conciencia-vida, saber-sentir, pensar-creer. La praxis, como principal fuente creadora, origen del conocimiento y de lo crítico, fundamento de la política de la transformación, es “el antídoto contra la teleología y el formalismo”. Desde ella se superan las éticas posmodernas de la impotencia, pues permite convertir la necesidad en posibilidad haciendo del espectador un protagonista. El marxismo, en tanto praxis, parte de la realidad pues la considera el criterio de verdad. La realidad permite resolver las contradicciones en el plano de la teoría y ampliar los horizontes de esta última.

La idea de revolución

Finalmente, en esta interpretación se devela una idea de revolución. Ésta no sueña “con revoluciones eléctricas”, ni compite con el imperialismo capitalista en la producción de acero, sino que se constituye en un enfrentamiento abierto contra todo orden.

En primer lugar, contra el orden impuesto del capitalismo (poder instituido), que niega la sujetidad y subjetividad de los seres humanos y de la naturaleza, por medio de la cosificación, para ser sacrificados en el altar de la ley del valor.

En este sentido, la revolución es, a un mismo tiempo, la construcción de un poder instituyente que potencia los espacios prefigurados por el campo de los oprimidos y oprimidas, impulsando su autoconocimiento, autoconciencia, autoemancipación, autoorganización y autonomía. Siguiendo a Isabel Rauber puede indicarse que ningún poder se “tomará” si al mismo tiempo no se “construye”. Se trata de una dialéctica de construcción y toma, de potenciación de espacios propios y copamiento de espacios del poder hegemónico. De allí que, en la consideración de esta forma de ver el marxismo, la revolución necesariamente esté vinculada a la autodeterminación y al poder popular.

Sin lugar a dudas, esta concepción resulta posmoderna, timorata o mediocre para el marxismo ortodoxo, pero también para ciertos marxismos que proponen “cambiar el mundo sin tomar el poder” o que cree en la liquidez de un imperialismo cada vez más sólido. Por eso, la revolución también debe enfrentarse al “dogma revolucionario”, a las verdades impuestas, absolutas y estáticas. Las revoluciones alteran la narración histórica.

No hay hoy en el mundo una falta de teoría y de reflexión intelectual en torno al marxismo y las categorías (como tampoco ausencia de materiales para discutir o debatir), sino una falta de que esa teoría se articule a una práctica, que los movimientos sociales y populares, así como los partidos políticos apropien el marxismo, abreven de su credo insurgente, al mismo tiempo que el marxismo se apropie de los movimientos y replantee su credo a partir de ellos.

Nuestro Marx

De tal forma que nosotros proponemos a un Marx integral, polémico, contradictorio, complejo, en proceso permanente de construcción, deconstrucción y reconstrucción. Así, se aleja de una cierta tendencia de concebirlo como un semidiós o un extraterrestre, un Marx de una sola pieza, que no presenta contradicciones, ni fisuras, ni angustias, ni escisiones. Este Marx va madurando, intentando superar sus propias contradicciones, flaquezas y limitaciones, por ejemplo, en sus concepciones sobre la “misión histórica” de la burguesía, el “progreso”, el colonialismo y la cuestión nacional.

Aun cuando reconocemos ciertos replanteamientos, reajustes y modificaciones, consideramos que su crítica radical a la “colonialidad del poder” no se acompañó de una crítica a la “colonialidad del saber” y a la cultura (y moral) dominadora. No logró despegarse del todo del pesimismo y el eurocentrismo hegeliano, por lo cual, le costó recuperar los universos epistémicos subalternos y articular la crítica a la dominación de clase y a la dominación nacional con una crítica a la dominación civilizatoria y a la colonización epistemológica.

La constante del camino epistemológico de la obra de Marx es que parte del sufrimiento de las víctimas (oprimidas y explotadas) de la dominación capitalista, como puede verse desde sus escritos juveniles en la Gaceta renana en favor de los derechos consuetudinarios de los pobres de “Mosela” hasta su recuperación de las “formas arcaicas” de la Comuna rural rusa y sus estudios etnográficos. Además, siempre miró con admiración las luchas y los procesos de los derrotados y derrotadas, tales como Espartaco, Thomas Müntzer o la Comuna de París.

Por esto, Marx siempre indagó por las “actividades” de hombres y mujeres, siendo sus preguntas relacionales, históricas, sociogenéticas, y nunca se preguntó por el ser en cuanto ser, por el ser en sí, sin sustancia y sin materia. Por esto, el maestro de Tréveris desechó tanto los métodos especulativos como las preguntas ontológicas y nunca les rindió culto a los conceptos. Su preocupación por la ética material de las personas, su rigor científico y su disciplina en el estudio de la realidad, le ayudaron a situarse y repensar continuamente su teoría y a fundar un cuerpo teórico indisciplinado cuyo fundamento es dialéctico: análisis, pensamiento, crítica, axiología, acción.

Fin segunda parte

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