El Mito De La Democracia: Una Interpretación Marxista De La Dictadura Y La Democracia

A proposito del proceso en Chile 1970-1973 y de nuestra “democracia protagónica y participativa”

El presente texto, que gira en torno a una cuestión de vital importancia para el Movimiento Comunista Internacional y de rabiosa actualidad para todos aquellos explotados conscientes de la necesidad de la Revolución, está escrito nutriéndose, en gran parte, del texto sintetizador de Lenin, la impecable Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado (presentado al I Congreso de la III Internacional Comunista el 4 de marzo de 1919 y publicado, posteriormente, por la Editorial Progreso de Moscú).

Para complementar el estudio de la democracia burguesa, he utilizado la Crítica de la concepción burguesa de la lucha de clases en la política revisionista, de los compañeros de la Unión de Comunistas para la Construcción del Partido.

En cuanto al 15-M, además de trabajar con documentos de Democracia Real Ya y de Juventud Sin Futuro, me ha servido como referente fundamental el texto de los compañeros del MAI, El 15-M y el esquematismo revisionista.

En relación a la crítica de los postulados de Julio Anguita, he utilizado su última y notoria comparecencia en Sabadell: www.youtube.com/watch?v=ts-zH3QU9eg.

Por último, para tratar el asunto de la forma política que adopta el nuevo poder de la clase explotada, me he servido del texto La Guerra Civil en Francia (Karl Marx).

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La situación en que se halla el sistema capitalista a nivel internacional es de sobra conocido. Ya ni siquiera los explotadores, esas criaturas de la sociedad burguesa que se enriquecen parasitando a las distintas clases oprimidas a escala planetaria, se atreven a negar que la crisis sistémica de la falsamente llamada “economía de libre mercado” tenga visos de solucionarse en un periodo de tiempo corto. Los comunistas sabemos que las crisis capitalistas son cíclicas y que nada tienen que ver en su causa subyacente las turbulencias financieras o los “excesos” de determinados capitalistas. Las crisis del capital son siempre crisis de sobreacumulación de capital y de descenso relativo de la tasa de ganancia del capital, y son manifestaciones inevitables de la naturaleza de un sistema económico que se basa en la explotación creciente de la fuerza de trabajo para la extracción de plusvalía.

Pero los que somos conscientes de la naturaleza de este sistema de explotación también sabemos que no hay, para el capitalismo, absolutamente ninguna crisis económica que le aboque a su desaparición. El capitalismo siempre se repone de todas las crisis económicas, por mucho que cada crisis sea peor que la anterior por la masa de capital acumulado y concentrado en cada vez menos manos. El sistema capitalista logra superar sus propias crisis de la única manera que sabe: destruyendo capital sobrante (fuerza de trabajo, medios de producción, insumos, etc.) mediante la expulsión del sistema económico del capital poco rentable y, además, a través de las guerras de rapiña, destrucción y ocupación de países que den vía libre para la generación de nuevas inversiones y que den paso a nuevos ciclos de acumulación de capital.

La única crisis que es incapaz de superar el sistema de dominación capitalista es la crisis social y política a la que llega cuando las criaturas a las que sojuzga y explota, el proletariado y el conjunto de las masas oprimidas, son conscientes del papel de nuevos esclavos que ocupan en la pirámide social y, guiados por la teoría revolucionaria, deciden ocupar el lugar protagónico que les corresponde. Solo entonces el sistema entra en una fase de caída libre y el nuevo poder es capaz de sustituir el caduco poder de la burguesía.

Es muy importante entender esta cuestión, ya que no son pocos los que creen, desde un marxismo determinista y economicista, que la propia crisis económica del capital acerca a este sistema al borde del precipicio, haciendo solo falta que la clase explotada le dé un empujoncito para que caiga. Nada más lejos de la realidad, el capitalismo solo puede ser derrocado mediante la acción política y consciente de los explotados organizados en su Partido de nuevo tipo, la fusión más elevada del movimiento obrero y los sectores más avanzados que se reclaman del comunismo.

Hecha esta introducción necesaria para entender la situación económica actual y la actitud de los revolucionarios y de los oprimidos ante la crisis económica, pasaremos a analizar detenidamente la cuestión de la democracia y la dictadura, una cuestión que es fundamental por dos motivos:

1. Porque sin comprenderla debidamente es imposible poder armarnos de praxis revolucionaria (de hecho, aún sigue sin entenderse completamente esta cuestión por muchos elementos que se proclaman a sí mismos comunistas o revolucionarios).

2. Porque es una cuestión de candente actualidad en el Estado español gracias, en buena medida, al movimiento interclasista de los indignados y a nuevos proyectos de reformistas recalcitrantes, como el de Julio Anguita, que los oportunistas de distinto signo articulan cuando más necesario es hablar claramente a los explotados de la necesidad y la posibilidad de la Revolución Proletaria, de la construcción del nuevo poder de los trabajadores organizados que lleve al comunismo.

Clases sociales, Estado, democracia y dictadura para el marxismo

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Las clases sociales, siguiendo a Lenin en su trabajo Una gran iniciativa, son grandes grupos que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que las leyes refrendan y formulan en gran parte), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo y, consiguientemente, por el modo y la proporción en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos en los que uno de ellos se apropia del trabajo de otros por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social.

Al contrario de lo que sostienen las diversas escuelas de sociología de la clase dominante, en la sociedad burguesa existen fundamentalmente dos grandes clases sociales (las cuales, debido a los procesos de concentración de capitales y la proletarización de las capas sociales intermedias, cada vez son más importantes tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo): la burguesía y el proletariado; los que disponen de medios de producción y explotan fuerza de trabajo, por un lado, y los que se ven obligados a vender dicha fuerza de trabajo a cambio de un salario, por otro lado.

Dentro de estas clases hay capas y grupos diferenciados parcialmente. Así, la burguesía la componen tres estratos fundamentales: el capital monopolista (o capital financiero, que es la fusión del capital industrial y el bancario), las empresas no monopolistas (en España, representadas por las PYMES) y la aristocracia asalariada (elementos dirigentes de los aparatos políticos, sindicales, policiales, judiciales; mandos intermedios, gerentes, responsables de Recursos Humanos, altos ejecutivos, etc.). Asimismo, entre el proletariado y la burguesía nos encontramos con una clase intermedia: la pequeña burguesía. Esta se caracteriza por disponer de medios de producción sin explotar fuerza de trabajo (autónomos, pequeños comerciantes, pequeños agricultores y ganaderos, etc.).

Entender el concepto de clases sociales desde el punto de vista marxista es determinante para entender y transformar la organización de la sociedad capitalista (uno de los grandes méritos de Marx y Engels fue el de demostrar que la desigualdad social no responde a la «naturaleza humana», sino a una estructura social en la que los individuos ocupan, en base a las leyes sociales que rigen el funcionamiento del sistema, posiciones antagónicas en el acceso a los medios de producción). Así, comprender la cuestión de las clases sociales es fundamental para poder entender la naturaleza del Estado. Marx, Engels y, posteriormente, Lenin fueron los autores que sistematizaron el concepto de Estado en relación a las clases sociales. Así, para el comunismo, a diferencia de lo que postula el anarquismo, el Estado se caracteriza por los siguientes elementos:

1. El Estado es el instrumento político-militar que surge históricamente cuando las contradicciones y los antagonismos entre las clases sociales son insalvables de modo pacífico. Por tanto, donde existe el Estado existe la violencia institucionalizada.

2. El Estado es siempre un Estado de clase, es decir, es un organismo para la representación, la gestión y la defensa de los intereses de la clase dominante. Por tanto, es una falacia burguesa -sostenida por muchos falsos «comunistas» y por toda la socialdemocracia- plantear que el Estado representa a todos los ciudadanos, que es posible la existencia de un Estado de todas las clases. No existe el Estado en abstracto, sino el Estado esclavista, el Estado feudal, el Estado capitalista o el Estado proletario (este último, luego veremos por qué, es sustancialmente diferente al resto de Estados).

3. El Estado del capital es una construcción política, jurídica e ideológica para la legitimación del sistema (dos puntales determinantes son el sistema de enseñanza y la legislación), pero es, sobre todo y en última instancia, la organización armada y coercitiva (con su burocracia, su ejército, su policía y su judicatura) para la defensa violenta de las posiciones de privilegio de la clase dominante.

4. El Estado proletario es la organización de la clase explotada necesaria para aplastar cualquier intento de la clase explotadora de restaurar su caduco orden social. Ahora bien, siguiendo a Engels, el Estado proletario es un semi-Estado, en el sentido de que es el primer Estado de la historia humana en el que el poder no lo ejerce una minoría social, sino la abrumadora mayoría de la sociedad. Por último, es el único Estado que sienta las bases de su propia extinción, al posibilitar que la sociedad de clases desaparezca y la necesidad del poder político se extinga por sí misma.

5. El Estado, en abstracto, no puede ser abolido, ya que no se pueden suprimir por decreto las relaciones de poder que emanan de una estructura clasista larvada durante milenios. El único Estado que puede -y debe- liquidarse es el Estado burgués. Forma parte del ABC del comunismo entender que el Estado burgués se destruye, mientras que el Estado obrero se extingue.

Una vez entendidas las categorías de clases sociales y Estado desde la única manera en que pueden asimilarse con toda su complejidad (desde la óptica revolucionaria), estamos en condiciones de pasar por el rodillo de la crítica marxista los manidos conceptos de democracia y dictadura. Para el comunismo, al contrario de lo que defienden los hooligans intelectuales del sistema de explotación capitalista, no existen la «democracia en general» y la «dictadura en general», pues la democracia y la dictadura dependen de la clase social que detenta el poder. Como sostiene Lenin:

«Ese planteamiento de la cuestión al margen de las clases o por encima de ellas, ese planteamiento de la cuestión desde el punto de vista -como dicen falsamente- de todo el pueblo, es una descarada mofa de la teoría principal del socialismo, a saber, de la teoría de la lucha de clases […] Porque en ningún país capitalista civilizado existe la «democracia en general», pues lo que existe en ellos es únicamente la democracia burguesa, y de lo que se trata no es de la «democracia en general», sino de la dictadura de la clase, es decir, del proletariado, sobre los opresores y los explotadores, es decir, sobre la burguesía, con el fin de vencer la resistencia que los explotadores oponen en la lucha por su dominación».

Siguiendo el fino hilo de la historia, llegamos a la conclusión de que ninguna clase se ha mantenido en el poder sin un periodo de dictadura, lo que significa que ninguna lo ha conseguido sin conquistar el poder político y aplastar, de manera violenta, «la resistencia más desesperada, más rabiosa, esa resistencia que no se detiene ante ningún crimen, que siempre han opuesto los explotadores».

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Esto puede resultar extraño para todo aquel que vea el mundo a través de las gafas que la burguesía coloca ante sus ojos, pero es la única visión que se corresponde con la realidad social y política. La democracia y la dictadura no son formas políticas abstractas o situadas por encima de las clases sociales, por eso no existen ni la democracia a secas ni la dictadura a secas. El modo de producción capitalista es siempre dictadura del capital sobre el conjunto de la población explotada, pero es democracia para el capital. Las formas que ha adoptado históricamente la democracia han ido variando inevitablemente desde hace milenios, empezando por la democracia esclavista implantada por las repúblicas de la Antigua Grecia y terminando por la democracia burguesa de los distintos Estados capitalistas en la actualidad.

Por tanto, es necesario entender que cualquier forma de democracia burguesa, incluso la de la República más democrática del planeta, es al final una dictadura encubierta de la oligarquía financiera contra las amplias masas explotadas (proletarios y capas populares oprimidas). ¿Por qué es una dictadura? La clave está en que, al existir un Estado de clase (redundancia obvia, pues recordemos que no puede existir un Estado que no sea de clase), un Estado burgués, los mecanismos de decisión política y de organización económica y social están reservados exclusivamente a la minoría burguesa, por mucho que esta disfrace su sistema de «representación política» como un andamiaje social que implica a «todo el pueblo».

A nivel de organización económica, los proletarios no tienen ninguna capacidad decisoria sobre cómo van a producir, cuánto ni por qué. Y, sobre todo, no son poseedores de los medios de producción (medios para producir riquezas), sino que están a merced de los designios dictatoriales del patrón.

A nivel político, la democracia burguesa construye un edificio que vende como «democrático», sabiendo claramente que su democracia es democracia para la burguesía. Para empezar, su Estado (con su aparato represivo, su legislación y su maquinaria propagandística) es una construcción política y militar creada por y para los intereses de la clase dominante, el capital. Y en lo que respecta a la farsa de las elecciones a las distintas cámaras legislativas de la burguesía, lo único «democrático» para la clase explotada es que puede elegir, cada cuatro o cinco años, a los gestores del capital que van a legislar para promover y defender a capa y espada los intereses de la oligarquía financiera.

Esto no significa, evidentemente, que la burguesía solo utilice su democracia como régimen político, sino que, en determinados países y momentos, encuentra un mejor acomodo institucional para su sistema de explotación en el hecho de acudir a regímenes de tipo fascista o ultra-autoritario. Los marxistas, que entendemos que el sistema de producción capitalista es siempre dictadura del capital más o menos encubierta sobre la población explotada, somos conscientes también de que un régimen fascista suele traer consigo el alejamiento de la Revolución Proletaria, ya que (como sucedió en países tan diferentes como Chile, España, Argentina, Italia o Alemania), con un Estado fascista, la burguesía liquida por completo la lucha de clases del proletariado manu militari. Pero no hay que confundir esto con la engañifa que ha supuesto, durante demasiado tiempo, un antifascismo mal entendido, reformista, que ha supeditado la lucha revolucionaria a una política de conciliación con la burguesía democrática (como sucedió, trágicamente, con la línea del PCE durante la Guerra Civil española).

En todo caso, independientemente de que el régimen político de la burguesía sea democrático o fascista, esta siempre tratará de impedir por todos los medios (violentos) el derrocamiento revolucionario de su orden social explotador y asesino. Por último, todas las Constituciones burguesas del mundo recogen, en alguno de sus artículos más importantes, la implantación de estados de emergencia, de sitio y de excepción, lo que implica que la burguesía reconoce, incluso en su propia Carta Magna democrática, la posibilidad de suspender militarmente todas sus «libertades y derechos» (como la libertad de expresión, de opinión y de manifestación). Es decir, tenemos que, lo que la burguesía sistematiza bajo sus regímenes fascistas, lo implanta bajo el marco de la democracia burguesa, en última instancia, cuando ve amenazado su poder dictatorial.

Como afirman los camaradas de Unión de Comunistas para la Construcción del Partido (UCCP):

«No se puede olvidar, a la hora de establecer la crítica teórica y lucha política contra el revisionismo, que la democracia burguesa, como una forma de expresión política específica de la producción capitalista, tiene por objetivo el establecimiento de un pacto social, un acuerdo entre las clases sociales enfrentadas para que el Estado se haga cargo de la “administración” de la sociedad. En virtud de dicho acuerdo, el Estado se convierte en el aparato aceptado y legitimado para que se reproduzca la división en clases de la sociedad que presupone la producción capitalista».

Es decir, el Estado democrático-burgués es vendido por la clase dominante como el árbitro legitimado para «reconciliar» las contradicciones entre los diferentes «sectores de la sociedad». Esto, desde el punto de vista de la realidad política, es una auténtica falacia (imprescindible, eso sí, para legitimar el orden explotador y opresivo de la burguesía), puesto que esconde deliberadamente que la maquinaria del Estado actual es una maquinaria completamente al servicio de los intereses del capital. La oligarquía financiera, que ha creado su propia criatura política y militar para defender su organización social, le vende al proletariado la idea de que el Estado «es de todos», de que «todos somos iguales ante la ley», de que «lo público nos iguala a todos», etc.

Más adelante, los compañeros de UCCP afirman:

«A la clase obrera se le permite la participación en la política, como hemos dicho, pero siempre y cuando actúe para legitimar la actividad del Estado en su función general de velar por la reproducción de las condiciones de producción capitalista… aunque ello se vista con el manto de la redistribución de la riqueza y el mantenimiento de los servicios públicos. En este sentido, la actividad política de la clase obrera se la encorseta en la lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo como premio por aceptar el ordenamiento jurídico burgués, desplazando del enfrentamiento la lucha de clases, la lucha por destruir las condiciones de su explotación económica y su opresión política. Toda acción encaminada a participar en las instituciones burguesas para, desde allí, cambiar el rumbo de la sociedad capitalista y superar el carácter de clase del Estado burgués es una actividad que embellece la democracia burguesa como instrumento político para ejercer la dictadura de la burguesía sobre el proletariado».

En definitiva, plantear los términos de democracia y dictadura en general es un sinsentido político. Allí donde hay poder político (es decir, allí donde persiste una estructura de clases sociales con intereses antagónicos), hay Estado y hay, al mismo tiempo, democracia y dictadura. Así, el Estado del capital es democracia para el capital y dictadura para la mayoría explotada; el Estado de la clase obrera es democracia para la amplia mayoría social y dictadura para la clase explotadora. Aquí radican el sentido y la necesidad de la dictadura del proletariado, tal como la ha defendido históricamente el Movimiento Comunista Internacional. Por supuesto, no hay posibilidad de «fórmulas intermedias»: o es la clase explotadora la que detenta el poder, o es el proletariado y las capas populares oprimidas. La libertad, la igualdad y la democracia son categorías vacías de contenido social y abstractas si no se analizan en función de la clase social que hace uso de ellas. Solamente llegaremos al reino de la libertad, cuando desaparezca toda forma de explotación y opresión (económica, política, sexual, étnica, nacional, etc.) de unos seres humanos sobre otros. Es entonces cuando, en palabras de Engels, «el gobierno de las personas será sustituido por la administración de las cosas».

Dos ejemplos actuales de la incomprensión de la naturaleza de la

democracia y la dictadura: el 15-M y el «referente» de Julio Anguita

Los comunistas que apostamos por reconstituir la teoría revolucionaria como paso previo e imprescindible para volver a erigir la alternativa del comunismo (la única existente al capitalismo decadente), entendemos que la batalla ideológica es hoy determinante para ganar a los sectores teóricos más avanzados de nuestra clase para el comunismo. Es fundamental entender que, mientras no se constituya una nueva vanguardia forjada en los principios revolucionarios del comunismo, será imposible insuflar al resto de la clase obrera la necesidad y la posibilidad de la Revolución Proletaria. Por mucho movimiento de masas que haya, por muy contundente que este sea, si los comunistas no se han constituido como vanguardia sólida, unificada y depurada de toda forma de reformismo, el movimiento de resistencia de nuestra clase no podrá convertirse en un movimiento político revolucionario.
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Dicho esto, es algo perentorio entrar a debatir a fondo cuestiones (como la de la democracia y la dictadura) que aún no han sido suficientemente entendidas por la mayoría de los sectores más avanzados de la clase obrera.

Con respecto al 15-M, en primer lugar hay que entender que este movimiento es el fiel reflejo de la decadencia de una parte muy importante de las capas intermedias y pequeño-burguesas que, en el Estado español, han visto seriamente deterioradas sus condiciones de vida como consecuencia de la crisis económica, de las políticas de Estado impuestas por la patronal europea y española y, por último, de la naturaleza intrínseca del capitalismo, que tiende a proletarizar a cada vez más sectores de la población. La carencia de una nítida conciencia de clase, proletaria (una conciencia de clase clara que, por ejemplo, sí se está pudiendo ver en las ejemplares luchas de los mineros en España), es el resultado inevitable de la composición social de un movimiento que, dirigido por estratos en franca decadencia (pequeña burguesía y aristocracia asalariada, fundamentalmente), no representa a las capas hondas del proletariado, por mucho que haya proletarios dentro de este movimiento.

También aquí ha habido sectores (capitaneados por el PCPE), que reivindican la línea del comunismo en lo teórico, que han pretendido reprocharle al 15-M que no sea un «movimiento revolucionario». ¡Menudo espontaneísmo el de estos comunistas! Como si el comunismo cayera de las nubes, como si las personas que militan en el 15-M, por arte de magia, fueran a blandir las banderas rojas de la Revolución Socialista. ¿Cómo pretenden estos señores que un movimiento interclasista pueda ser revolucionario? Y, lo que es más importante, ¿cómo pretenden que los indignados puedan entender la necesidad del comunismo, si ni siquiera hemos sido capaces, en el Estado español, de entablar una victoriosa lucha de dos líneas en el seno de la vanguardia comunista?

Si bien el 15-M se ha convertido en un cajón de sastre en el que se da cabida a diversas tendencias y grupos, en el fondo sus postulados no difieren de los que han defendido, históricamente, las organizaciones de la socialdemocracia de izquierda y de derecha. Tanto Democracia Real Ya como Juventud Sin Futuro (dos colectivos muy representativos del movimiento de los indignados) evidencian claramente la incapacidad del movimiento por entender la naturaleza del actual sistema de explotación y, como consecuencia, la cuestión del poder político. Veamos por qué.

Para empezar, todas las tendencias que se identifican con el 15-M entienden que la transformación social puede producirse dejando intactos dos elementos: la propiedad privada de los medios de producción (que conduce a la explotación de clase) y la naturaleza de clase del actual Estado. Así, el 15-M entiende, por un lado, que es posible legislar en favor de la clase obrera (o de «la ciudadanía», por usar su lenguaje interclasista y difuso). Además, las posiciones del 15-M giran en torno a la defensa de un Estado interclasista (una construcción ideológica absolutamente irreal, pues sabemos que el Estado, o es de los explotados, o es de los explotadores), un Estado que salvaguarde los «servicios públicos», que incluso tome parte en la marcha de la economía y «nacionalice sectores estratégicos».

Todo esto no es, en el fondo, mera confusión e ignorancia (en la confrontación entre clases no existe tal cosa), sino la manifestación más clara de la naturaleza pequeño-burguesa del movimiento, de un movimiento que intenta nadar entre dos aguas y que trata de mantener intacta la estructura de clases del sistema capitalista, dulcificando y embelleciendo los grilletes de la esclavitud asalariada. Estamos, aunque con formas adaptadas a las nuevas circunstancias, ante los vanos intentos por construir un «capitalismo con rostro humano», variante ideológica, aunque sin discurso de clase, de esa vertiente que propugna un «socialismo para el siglo XXI», es decir, más capitalismo pero gestionado de forma humana.

Centrándonos en la cuestión fundamental que nos atañe en este trabajo, el debate en torno a los conceptos de democracia y dictadura, el 15-M expresa el mismo tutti frutti ideológico que tiene en su propia base material, que es la que da soporte a sus posiciones políticas. «Lo llaman democracia y no lo es», suelen corear muchos indignados en sus manifestaciones. Como no podía ser de otra manera, el 15-M interpreta la naturaleza del poder político vigente, del Estado actual, desde un punto de vista abstracto, idealista y pequeño-burgués. ¿Para quién no es democracia? ¿Para las amplias masas de explotados, precarios y desahuciados, o para los Botín, Alierta y Cía.?

Esta visión confusa y errónea de la democracia es la consecuencia de no haber entendido la naturaleza de clase del Estado capitalista. «Vivimos en una dictadura de los mercados», nos dicen muchos indignados y hasta descarados representantes de aparatos del Estado burgués, como los Toxo, Méndez y los Cayo Lara. Para empezar, ¿qué entienden estos señores por «los mercados»? Porque el problema no son solamente los fondos o los bancos de inversión que especulan con la deuda soberana de determinados países, el problema de fondo es el capitalismo como modo de producción y la burguesía, al completo, como criatura explotadora y opresora. Por otro lado, para el marxismo siempre estuvo claro que la oligarquía financiera está compuesta por el capital monopolista, esto es, por las grandes empresas industriales, de servicios, la banca y los grupos financieros. Estamos en la era del imperialismo, del capitalismo monopolista, de la dictadura del capital financiero entendido como la fusión de la industria y la banca. Quien se queja de las imposiciones en materia de recortes por parte del capital financiero, sin entender que no hay otra forma posible de capitalismo, o es un elemento pequeño-burgués interesado en mantener este orden explotador, o es un ignorante que aún no ha entendido cómo funciona el sistema. En cualquiera de los dos casos, ambas posturas están sosteniendo un sistema reaccionario que sobrevive rumiando su propia decadencia.

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El manifiesto fundacional de Democracia Real Ya dice:

«La democracia parte del pueblo (demos=pueblo; cracia=gobierno), así que el gobierno debe ser del pueblo». Curiosa manera de asumir, cual indignado pequeño-burgués, el corpus ideológico que la burguesía nos sirve cada día. En primer lugar, ¿qué es eso de «el pueblo»? ¿Qué clases sociales conforman esa categoría abstracta? ¿El pueblo lo forman, además de los proletarios, los gerentes de empresas, los altos mandos de las fuerzas represivas o los empresarios medianos que explotan a sus asalariados tanto o más que los grandes empresarios? ¿El gobierno debe ser del pueblo? El gobierno (mejor dicho: el poder político, el Estado) debe ser de la clase explotada, de la inmensa mayoría de asalariados y proletarios. Si no es así, el gobierno es del capital.

Más arriba, los autores de este manifiesto (todo un canto de sirenas para tratar de embellecer un edificio social, el del capitalismo, que debe ser destruido desde sus cimientos) aseguran que:

«Existen unos derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz».

Estamos ante una nueva mistificación por parte de los indignados demócratas. Ahora resulta que los derechos que la burguesía recoge en su Constitución (los cuales, por cierto, la mayoría de los proletarios saben que es papel mojado, solo por un mínimo instinto de clase) «deberían estar cubiertos en estas sociedades». Pues hay que decirlo bien claro: mientras el capital detente el poder, ni la vivienda, ni el trabajo, ni la cultura, ni la salud, ni la educación, ni la participación política van a ser más que derechos abstractos, es decir, una farsa que no se puede cumplir bajo el marco de esta organización social. Decía el economista Diego Guerrero que el derecho al trabajo, bajo el prisma de las Constituciones burguesas, es un derecho condicionado, lo que significa que este solo puede hacerse efectivo parcialmente si las condiciones económicas lo permiten. Lo mismo se podría decir de la vivienda, la sanidad o la educación, derechos básicos que no son cubiertos por la naturaleza intrínseca de un sistema que empobrece progresivamente a la inmensa mayoría a costa, siempre, de enriquecer a la poderosa e ínfima oligarquía financiera.

Un poco más situado a la izquierda (burguesa), nos encontramos estos días con la figura del ínclito JulioAnguita, antiguo secretario general del PCE y ex coordinador general de IU, que asume «ser el referente de unaoperación política que intente cambiar el país» (¡!). Dejando a un lado las altas dosis de megalomanía de este señor (¿alguien se imagina a un Lenin o a una Rosa Luxemburg, que sí eran referentes políticos revolucionarios en su época, haciendo tal ejercicio de narcisismo político?), el discurso tramposo de Anguita no postula nada nuevo: es más edulcorante reformista. Y es sencillo entender por qué.
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El propio Anguita ha esbozado que su proyecto tendría un carácter «interclasista» (sic). El objetivo es construir un «bloque cívico, un bloque ciudadano, que eche su peso de poder en la balanza del poder». Bien, antes de entrar al trapo sobre las viejas propuestas del oportunista Anguita -disfrazadas de innovadoras y revolucionarias-, hay que tener en cuenta que, a la hora de analizar las posiciones políticas de cualquier militante o dirigente de una determinada organización, hay que dejar a un lado las simpatías o las animadversiones personales, pues aquí no estamos hablando de la «honradez» de unos o de otros, sino de si defienden en realidad posiciones revolucionarias.

Julio Anguita comienza aclarando que su movimiento tendrá un carácter interclasista, algo que ya excluye la posibilidad de la Revolución Proletaria. Porque, evidentemente, el proletariado puede y debe formar un bloque de alianza con otras capas oprimidas de la sociedad, pero a condición de que la hegemonía del proceso de alianza la ostente el proletariado. ¿La razón? El proletariado es la única clase social que, además de ser abrumadoramente mayoritaria, está objetivamente interesada en destruir el capitalismo por la posición que ocupa en la pirámide social: está desposeído de los medios de producción, pero al mismo tiempo es el creador de la riqueza y el motor del desarrollo social y económico. ¿Olvida Anguita que la revolución, para triunfar, debe tener un carácter eminentemente proletario? Para nada. No existe la ingenuidad en política. Anguita olvida este aspecto porque no está por destruir el decrépito poder de la burguesía y por generar nuevo poder proletario y popular, sino que su apuesta se centra en reformar y humanizar la dictadura del capital.

Por otro lado, Anguita esconde deliberadamente una cuestión que es crucial para el triunfo de cualquier proceso revolucionario. Nos referimos a la cuestión del poder. El ex líder de IU ha declarado recientemente que «la ciudadanía es un poder que puede ganar. Ahí está SYRIZA. Ahí está Islandia». El propio Anguita se delata y se define a sí mismo.

1. En primer lugar, redunda una y otra vez en la categoría posmoderna y falaz de la «ciudadanía», una construcción ideológica de la burguesía democrática que intenta engañar a los explotados haciéndoles pensar que, bajo el dominio del capital, los ciudadanos pueden ser iguales en derechos y deberes.

2. En segundo lugar, Anguita alude repetidas veces a que nos encontramos en un «Estado de excepción», como si la dominación sistemática de la burguesía sobre los explotados no fuera un constante Estado de excepción.

3. En tercer lugar, el conocido revisionista (que ha defendido en numerosas ocasiones la Constitución monárquica, mantra de todas las fracciones de la burguesía con el que se ha obnubilado a una buena parte del proletariado del Estado español durante varias décadas) difunde la ilusión de que se puede cambiar la sociedad sin que la clase explotada, organizada en su Partido de nuevo tipo, tome el poder de forma necesariamente violenta. En lugar de decirles a los explotados: «si no organizáis vuestro propio poder enfrentado al de la burguesía, si no os preparáis progresivamente para la destrucción del Estado burgués, no conseguiréis liberaros del yugo del capital», el ex secretario general del PCE prefiere alimentar ilusiones vanas y suicidas en los proletarios, diciéndoles: «podéis transformaros en un poder que al principio no gobierne, pero que determine».

4. Por último, viendo cuáles son los referentes políticos para este sujeto (SYRIZA, el nuevo repuesto de la burguesía democrática para que el proletariado griego no se adhiera al proyecto de Revolución Socialista; Islandia, un país en que la dictadura del capital sigue imperando y en el que lo más revolucionario que se ha hecho ha sido enjuiciar a varios banqueros y políticos), se puede barruntar claramente cuál es la propuesta de individuos como Anguita: reformar el capitalismo, hacerlo más humano, es decir, hacer algo que esmaterialmente imposible de llevar a la práctica. Obviamente, no va a decir que su referente actual está en la Guerra Popular que libran las masas explotadas de la India (por poner solo un ejemplo), ya que eso sería hablar claramente de la necesidad de destruir de abajo arriba un sistema en fase terminal.

El poder proletario: el Estado, la democracia y la dictadura en el periodo

de transición del capitalismo al comunismo

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Una vez explicada y desmontada, desde un punto de vista revolucionario, la simplificación que la clase dominante ha construido en torno a la cuestión de la democracia y la dictadura, estamos en condiciones de exponer la propuesta del comunismo sobre la construcción del poder proletario y la extinción progresiva de toda forma de poder.

El comunismo entiende que es materialmente imposible eliminar cualquier forma de opresión de unos seres humanos sobre otros (superestructura), si antes no ha desaparecido la base material (infraestructura) que sirve como sedimento de las distintas formas de poder político; es decir, si antes no han desaparecido las clases sociales.

Ahora bien, como atestigua la historia, el proletariado no puede limitarse a tomar el mando del aparato del Estado burgués y «reconvertirlo» para que sirva a sus intereses, sino que debe destruir el Estado del capital, desde su aparato represivo y judicial hasta su entramado burocrático. En palabras de Karl Marx en La Guerra Civil en Francia:

«La primera condición para la posesión del poder político, es transformar [la] maquinaria de funcionamiento y destruirla -un instrumento de la dominación de clase-. Esa enorme maquinaria gubernamental, estrujando como una boa constrictor el verdadero cuerpo social en las redes ubicuas de un ejército permanente, una burocracia jerárquica, una policía obediente, un clero y una magistratura servil, fuera forjada primero en los días de la monarquía absoluta como un arma de la naciente sociedad de la clase media en sus luchas de emancipación del feudalismo. La primera Revolución francesa, con su tarea para dar pleno alcance al desarrollo libre de la moderna sociedad de la clase media tenía que barrer todas las fortalezas locales, territoriales, municipales y provinciales del feudalismo, preparó la base social para la superestructura de un poder estatal centralizado, con órganos omnipresentes ramificados según el plan de una división sistemática y jerárquica del trabajo. Pero la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la maquinaria del Estado ya lista y manejarla para su propio propósito. El instrumento político de su esclavitud no puede servir como el instrumento político de su emancipación».

Es muy importante rescatar este texto de Marx -sin duda, uno de los más importantes desde el punto de vista de la forma que adopta el nuevo poder proletario, el único poder que aspira a acabar con todas las formas de poder-, ya que no son pocos (hemos hablado profusamente del 15-M o de elementos oportunistas como Anguita, pero son muchos más los que se ubican bajo el arco del reformismo) los que hoy pervierten las tesis revolucionarias del marxismo en lo relativo al Estado, el poder, la democracia y la dictadura.

¿Cuál es entonces el formato político que expresa la necesidad de la clase explotada de construir su nuevo orden social? ¿Qué formas concretas adoptan la democracia y la dictadura bajo el manto del Estado obrero? Volviendo al padre de la teoría comunista, Marx defiende la Comuna de París como el primer Estado de la clase explotada. Pero

¿cuál era, para Marx, la naturaleza de clase y el funcionamiento de la Comuna de París?:

«La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento. La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes conocidos de la clase obrera.

En vez de continuar siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento… Y lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración… Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos… Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, que eran los elementos de la fuerza física del antiguo gobierno, la Comuna estaba impaciente por destruir la fuerza espiritual de la represión, el poder de los curas… Los funcionarios judiciales debían perder aquella fingida independencia… En el futuro habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables…» (extraído de El Estado y la revolución, Lenin).

Ya tenemos aquí, resumidos, los puntos cardinales de la alternativa política que el proletariado erige tras destruir el aparato del Estado capitalista en el periodo de transición del capitalismo al comunismo:

1. Liquidación de las fuerzas represivas (policía y ejército).

2. Creación del Ejército Rojo, necesario para vencer la resistencia de los explotadores.

3. Implantación de la democracia (proletaria) más directa, siendo los representantes del proletariado revocables en todo momento.

4. Igualación de los salarios de los cargos públicos a los de los obreros.

Con respecto al parlamentarismo, el nuevo poder obrero elimina de manera fulminante el Parlamento como instrumento de gestión de la dictadura del capital, formando, en lugar de una «corporación parlamentaria», «una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo». La falaz «división de poderes» que plantea la burguesía (falaz porque los tres poderes, tanto el ejecutivo como el legislativo y el judicial, son instrumentos de un Estado que está al servicio de la burguesía) es sustituida por los trabajadores organizados, los cuales, en lugar de elegir cada cuatro años al gestor político que es correa de transmisión de la clase explotadora, establecen el sufragio universal «organizado en comunas, para encontrar obreros, inspectores y contables con destino a su empresa, de igual modo que el sufragio individual sirve a cualquier patrono para el mismo fin».

Como vemos, la democracia y la dictadura siguen coexistiendo en la Comuna, con la diferencia radical de que en esta forma de Estado es el proletariado el que se beneficia de su democracia y el que ejerce la dictadura contra la clase explotadora. Además, al fusionarse de forma efectiva el poder ejecutivo y el legislativo en manos de la clase obrera organizada, esta puede legislar soberanamente en provecho de sus condiciones de vida y de trabajo (y de las de la inmensa mayoría de la sociedad). La clase explotada, además, descubre con su Estado obrero la democracia proletaria más completa que puede existir, ya que son los Soviets o consejos de trabajadores y soldados rojos los que ahora administran la economía, legislan y ejecutan las nuevas leyes aprobadas por la nueva «corporación de trabajo».

Bajo el capitalismo, los proletarios no deciden nada sobre la organización social de la economía y, en lo político, su poder se reduce a volcar una papeleta de voto sobre la urna en unas elecciones en las que se elige al Consejo de Administración de la burguesía. Bajo el periodo de la dictadura revolucionaria del proletariado, por el contrario, son los antiguos desheredados los que organizan y planifican la economía y los que conforman el poder político que se vertebra desde los Soviets hasta el conjunto del Estado obrero. Así, el nuevo poder de los explotados sustituye el pútrido parlamentarismo por nuevas instituciones en las que sí son reales la libertad de opinión y de discusión, ya que, al ser los proletarios los elementos integrantes de dicha estructura, son los primeros interesados en trabajar ellos mismos y, sobre todo, porque deben responder de manera directa ante sus representados, que pueden revocarlos en cualquier momento (algo impensable bajo la dictadura del capital, que se jacta cotidianamente de que su democracia es «la mejor posible»).

De esta manera, por primera vez en la historia humana se puede hablar de una democracia de las masas explotadas (una democracia que, para la reaccionaria burguesía -que será tan violenta como esa fiera que se halla desesperada a pesar de ser consciente de su inminente muerte-, seguirá siendo una dictadura). Estamos ante una democracia que sentará las bases de su propia extinción; una democracia, en definitiva, que hará posible acabar con toda forma de poder y, por tanto, también con la misma democracia. Esta es, para los comunistas, la auténtica verdad sobre la democracia y la dictadura en la época en que vivimos.

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