Miradas A Ciegas

Miramos a través de ojos ideológicos y apenas conseguimos ver objetos materiales y conceptos cosificados sin relación o nexo alguno entre ellos ni con el contexto político o ambiente social solo llegamos a conclusiones solipsistas en función de prejuicios y mitos que nos permiten descifrar la realidad compleja siempre que sea acorde con los presupuestos de partida. El pensamiento no es libre cuando no existe la duda razonable ni ponemos en cuestión las verdades de referencia tradicionales.

Fabricamos ideología de modo permanente, la mayoría de las veces apuntalando los lugares comunes y las ideas que previamente constituyen nuestra forma de ser o idiosincrasia grupal. Si lo que miramos coincide con lo que tenemos que ver, estamos salvados e integrados en la convivencia normal, en las rutinas habituales y en las convenciones aceptadas por la costumbre. Si lo que vemos es capaz de cuestionar la mirada inicial provocando nuevas preguntas de asombro, entramos ya de lleno en un capítulo diferente, crítico en todos los sentidos, que puede conducirnos a planteamientos políticos más radicales o bien a intentar justificar las disonancias por medio de ajustes mentales más o menos severos. Toda pregunta nueva exige respuestas distintas mediante la reelaboración de los pretextos originales para acomodar la nueva situación a las viejas ideas o lanzarse al ruedo social a cuerpo desnudo con el propósito de compartir el nuevo escenario descubierto.

Ver es establecer conexiones y relaciones entre las cosas (y procesos) que miramos. Si mirar y ver coinciden, el marco de referencia no hace violencia de ambos estados ni entra en crisis grave porque responde coherentemente a las expectativas creadas en el agente o individuo que pregunta a la realidad. Esa mirada nunca quiere salir del confortable hogar de lo consabido, es conservadora a ultranza y utilitarista en extremo. Se justifica asimismo en el calor egoísta del quietismo casi absoluto. Fuera de la realidad tautológica del todo es como debe ser hace un frío gélido y atreverse a salir a la calle para gritar públicamente que lo real es distinto a la realidad institucionalizada requiere un esfuerzo descomunal. De forma automática, aquel que grita la buena nueva pasa a ser un marginal, un loco, un enfermo o un delincuente peligroso, muy nocivo para la cohesión social y el orden establecido.

La ideología predominante siempre es la de la clase hegemónica, la que tiene todos los resortes financieros y mediáticos para difundir a la masa sus ideas y visiones generales que construyen la realidad oficial. Esas columnas vertebrales suelen ser transversales y forman parte de un consenso tácito que cubre como una pátina invisible todas las opiniones de una sociedad nacional. En España se han ido decantando varios clichés en los últimos años, aunque algunos son ya añejos y tienen su nacimiento en épocas muy anteriores, que invaden la estructura social de una manera sibilina pero muy efectiva. Veamos sucintamente algunos de ellos.

España siempre está a punto de romperse. Este resorte mágico es muy eficaz y desbarata cualquier opción progresista que plantee horizontes diferentes. Se trata de un espejo reduccionista que convierte ipso facto en herejes a todas las personas o grupos que manifiesten democráticamente sus legítimas aspiraciones de autogobierno. Las derechas y perfiles políticos asimilados suelen saltar como lobos cuando alguien hace públicas sus singularidades propias. Detrás de ellas, las mayorías silenciosas acuden en tropel para defender patrias y símbolos falsos. La palabra clave es romper: nadie quiere ser, por activa o por pasiva, cómplice de una ruptura. Esa unidad mítica opera de manera inmediata. El subconsciente está plagado de imágenes negativas de cosas y conceptos hechos añicos: guerras fratricidas, familias desestructuradas, pobres sin futuro, vasos despedazados, amputaciones de algún miembro… Que algo se rompa, en el cuerpo o en el alma y por extensión en la vida social, siempre tiene traducciones negativas en la mentalidad de la masa. Por eso, la posibilidad de una ruptura de un ente histórico como España nos lleva a traumas más fáciles de digerir en un esquema previo de mayor accesibilidad personal. Romper significa separar del todo una parte tomada como esencial de la unidad mítica: el discurso no admite excepciones ni matices. O todo o nada. O el cielo ideológico natural o el infierno artificial troceado en mil sufrimientos inenarrables.

La potente clase media. La clase media tiene como principio y meta seguir siendo clase media. Nada más. Se nutre de la ideología dominante y mira la realidad a equidistancia exquisita de cualquier contraste social. Alguien que está por encima de ella siempre es un ser humano que habrá hecho suficientes méritos para estar ahí, en la cúspide. Ese éxito ajeno le sirve de estímulo: él/yo también puedo/pede conseguirlo. Si su mirada escudriña debajo de su estatus podrá advertir la pobreza, la marginalidad o el esfuerzo titánico de la clase trabajadora menos favorecida por el destino capitalista. Está visión contradictoria no produce en la clase media controversias especiales en su conciencia social, antes al contrario le sirve de acicate para profundizar en su ideología prestada: ese lumpen algo habrá hecho para merecer su dolor y pobreza existencial. Hay que huir de ellos, soslayar esas visiones perturbadoras, regresar a la vivienda unifamiliar adosada y guarecerse contra contaminaciones políticas que pongan en solfa sus comodidades actuales. La clase media no ve relaciones entre los dos mundos que presionan su conciencia: todos los días se emiten cantos de sirena amables que fortifican su ideología, sus creencias y sus mitos fundacionales. Ella es la destinataria primordial de todos los mensajes de los mass media. Todos quieren sus votos, sus renuncias, sus silencios, su dejarse llevar por las circunstancias. Solo en épocas de crisis, cuando tocan sus bolsillos y su tren de vida subvencionado, sale a la palestra y pide el auxilio público de la clase trabajadora, nunca antes se moviliza por decisión propia, jamás toma la iniciativa, su mecanismo mental no pasa por ataques frontales al sistema, solo sabe defenderse a posteriori cuando el monstruo ya se ha tragado parte de sus ahorros y corazas económicas. Hoy clama, la clase media, por recuperar el estado del bienestar, esa es su bandera de enganche, en cuanto recupere poder adquisitivo volverá a sus trincheras acostumbradas, a verlas venir, a moderar sus impulsos, a las hipotecas y al consumo desaforado. El estado del bienestar es su estado ideal: mera capacidad de compra transitoria. Los demás que se apañen con la beneficencia y el asistencialismo público. A la clase media le sobra egoísmo y le falta clase: su porte es neutro, inodoro e insípido. Es un brazo armado en la reserva de las derechas y el establishment tal cual tomado en su conjunto.

El prestigio de lo privado. Este lugar común viene de lejos. Su rastro se pierde en ancestros históricos. A pesar del estado del bienestar y sucedáneos o parches sociales, siempre ha habido una coletilla popular que otorgaba un pedigrí de eficiencia insuperable a lo privado (la sanidad, la educación y el coche particular frente al transporte colectivo). Esas prestaciones privadas eran la finca de los ricos, y si éstos van a ellas por algo será. Serán mejores, sin duda. Lo público es cosa de pobres. Este desgaste ideológico persistente se ha asumido, por desidia o ausencia de voluntad política, por parte de las izquierdas institucionales en la mayoría de los países occidentales. El crecimiento cíclico del capitalismo y la sociedad mítica del pleno empleo, del ocio y del conocimiento, junto a un optimismo coyuntural cegador, ha hecho que las batallas sociales se relajaran, que las propuestas de clase desaparecieran y que las reivindicaciones se centraran en dinero contante y sonante. Todos los análisis huyeron de las causas estructurales del capitalismo y se subieron al carro del progreso sin límites. Cuando los escombros públicos eran considerables se retomaron discursos más izquierdistas con la intención de reconstruir el edificio capitalista. El mismo edificio para ser exactos, dado que la ideología asumida por décadas de progresismo conservador ya no deja ver los entresijos del sistema que habitamos. Lo público se está perdiendo porque la izquierda institucional renunció a ello hace ya mucho tiempo tirando por la borda su propia ideología en acciones políticas tácticas y acuerdos sociales a la defensiva. De esa deriva vivimos hoy las consecuencias depredadoras de la derecha más agresiva. La clase trabajadora ha perdido terreno porque su modo de pensar se ha colonizado de ideas adquiridas gratis a su adversario político, gracias en parte a los discursos exentos de rigor de las cúpulas sindicales y de las izquierdas parlamentarias, más atentas a las coyunturas pasajeras que a las estrategias de largo recorrido. Cuando la izquierda no se mueve con visión de futuro, el futuro siempre es secuestrado por el pensamiento de derechas. Los vacíos ideológicos no existen: si tú renuncias a la lucha, la derecha está presta en todo momento a ocupar los espacios desérticos y baldíos. En ello le va la vida: mientras su ideología impregne el campo social, el capitalismo seguirá en pie, resurgiendo de sus cenizas una vez sí y otra también.

Las reminiscencias católicas. Vivimos en un mundo aparentemente laico donde la libertad y el imperio de la tecnología y la razón reinan por doquier. Da la impresión de que los mitos han huido despavoridos al pasado más remoto a la espera de tiempos más propicios. Las supersticiones y la religión son, pensamos casi todos, reliquias sin capacidad de respuesta. Nada más lejos de la realidad. Las reminiscencias mentales siguen ahí, oponiendo resistencia sibilina y conformando modos de pensamiento retrógrados. Vemos la navidad y la semana santa como dos paréntesis neutros en el calendario anual. Esos dos eventos pueblan las calles de símbolos irracionales que consumimos con voracidad y apasionamiento interior sin hacernos preguntas por su significado profundo. Estamos en el siglo XXI y todo parece que fue ayer: ídolos de cartón piedra y tradiciones plagadas de mentiras llenan nuestro imaginario ético y biempensante sin advertir sus connotaciones falsas. Lo religioso continúa comprometiendo la esfera civil. Son dos momentos que subvencionamos con nuestros impuestos para que una secta ahistórica e irracional lance sus mensajes a bombo y platillo con envoltorios ecuménicos de rancia porosidad social. El pueblo llano se entrega a esos espectáculos con frenesí, acríticamente, emocionalmente, siguiendo impulsos mecánicos que impiden ver la realidad con ojos abiertos y despiertos. Todos debemos respetar la libertad religiosa que restringe la libertad verdadera, aquella que nos permite emanciparnos de los mitos, de los clichés repetitivos y de las liturgias que esclavizan nuestro día a día. Lavarnos en el dolor compartido de la masa, en el sacrificio y el sufrimiento que redime nuestra realidad y nuestras penas cotidianas es un método infalible que rinde enormes beneficios a la clase explotadora. Mantener la religión como agente ideológico o sus reminiscencias activas es una cuestión sustancial para que el orden establecido no se salga de los derroteros prefijados. El pueblo llano necesita la religión, dicen las derechas, de este modo olvidarán sus necesidades reales en aras de futuros prometidos más halagüeños y justos. Cuando la realidad es indescifrable, la religión es el valor más seguro. Tiene respuesta para todo: todo está en el más allá. Paciencia y silencio.

La democracia es el punto de llegada. Mito de la mitomanía occidental. La democracia es todo, un todo inviolable y perfecto, el dios civil por antonomasia. Su juego precisa de dos elementos imprescindibles: algunos que digan sí y otros que se opongan como antagonistas de una obra de teatro de guión previsible y desenlace unificador. La democracia como ideología dominante incluye reglas especiales de obligado cumplimiento: sometimiento a leyes electorales tramposas, reducción de las minorías a presencias testimoniales, debates restringidos a expertos en la materia política y participación ciudadana selectiva mediante itinerarios estrechos rigurosamente establecidos por los mandatarios de turno y el consenso previo entre los actores principales del sistema parlamentario. La democracia es una herramienta teórica para la convivencia y la solución de conflictos de forma pacífica, pero es más una ideología práctica para someter a la mayoría a los intereses de la clase hegemónica. Los actores estelares siempre son los mismos, siempre parten con ventaja, siempre tienen a los medios de comunicación a su favor. En la realidad, no todos somos iguales, no todos los discursos e ideas pueden ofrecerse al electorado en igualdad de condiciones. Esto es así porque la democracia está prisionera de los poderes fácticos, los que mueven a su antojo el mundo capitalista. Antidemócrata es el calificativo más brutal que pueda decirse de alguien que ponga en cuestión el sistema parlamentario actual, siendo los parteros oficialistas del régimen en sí jueces y parte interesada en esa andanada defensiva contra supuestos valores supremos e inatacables. Los más antidemócratas son los propios demócratas de salón, los que viven y consienten que toda constitución se quede en papel mojado o estética de brillantes fulgores vacíos. El concepto democracia permea el entramado social y político de una manera casi total: la palabra democracia, sin contenidos expresos de justicia social, reparto equitativo de la riqueza e igualdad real, es más un refugio de vividores del régimen que de servidores de lo público. Democracia, tal cual la habitamos en Occidente, es pura ideología religiosa para combatir estallidos sociales y mantener a raya opciones transformadoras de la sociedad. Además de la democracia occidental, también existen otras democracias muy distintas: sistemas que buscan la raíz de los conflictos y soluciones pensadas para la inmensa mayoría sin patrocinios financieros ni testaferros cubiertos en oro por intereses económicos ocultos en sombras misteriosas y paraísos fiscales exóticos. Para vislumbrar esa otra democracia hay que abandonar la silla cómoda de la costumbre y de los clichés insolidarios. Tarea complicada, por supuesto.

Existen más mitos transversales que vivimos consciente o inconscientemente a diario y conforman nuestra mentalidad particular y colectiva. Afectan a mayorías silenciosas, derechas e izquierdas asimiladas por el régimen capitalista. Todos nos podemos topar con ellas, queriendo o sin querer. Forman nuestro código genético actual, o mejor dicho tomando prestado el concepto al zoólogo inglés Richard Dawkins, son memes culturales que a fuerza de repetirlos y practicarlos sin pensar en ellos consolidan una realidad peculiar, tópica y típica. Aislar esos memes en la conducta habitual no es fácil, pues cuanto menos reparemos en ellos mejor, mucho mejor para ellos mismos y el caldo de cultivo capitalista en que se reproducen y se desarrollan. Su éxito es el triunfo del sistema: si a ellos les va bien, al capitalismo mejor todavía.

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