Pollock, Rothko, De Kooning…al Servicio De La CIA

La Guerra Fría se libró también en los museos, donde los EEUU y la URSS se disputaron la supremacía cultural. París, Picasso y el cubismo languidecían, y un movimiento, el expresionismo abstracto, se abría paso en Nueva York. La Agencia utilizó su talento y les promocionó por todo el globo en una operación secreta para erigir a su país como el nuevo centro de la pintura

Mientras a finales de los cuarenta y durante los primeros cincuenta, una buena parte de los estadounidenses consideraban el expresionismo abstracto de Mark Rothko, William de Kooning o Jackson Pollock como un arte degenerado y subversivo, desde el senandor Macarthy hasta el magnate de la prensa William Randolph Hearst, con su dinero, con el de todos los contribuyentes, la Agencia Central de Inteligencia, la recién creada CIA (1947), promocionaba en secreto a estos artistas en su propio país y en el extranjero.

El servicio de inteligencia de EEUU protagonizó con los expresionistas abstractos uno de los episodios más memorables de la vertiente cultural de la Guerra Fría que mantuvo contra la URSS, al tiempo que, irónicamente, se convertía en uno de los críticos de arte más clarividentes de su tiempo.

Los hombres de la CIA advirtieron y difundieron las cualidades del movimiento pictórico más y mejor que ningún otro actor del mercado, con la principal ayuda del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el MoMA, cuyo patronazgo, encabezado por Nelson Rockefeller, participó en la operación.

El Programa Internacional de Exposiciones del museo neoyorquino entre los años 1953-1977 fue el principal instrumento desde donde se dio apoyo, de forma subrepticia, al heterogéneo grupo que formaron la pintura casi física de Pollock, los paisajes de color de Rothko o los pertubadores retratos femeninos de vigorosos trazos de William de Kooning.

Doce pintores y escultores americanos (1953) y La nueva pintura americana, (1957) marcaron un hito y recorrieron el mundo reivindicando la supremacía artística de EEUU, ambas bajo los auspicios de los hombes de Langley. La inédita ofensiva cultural tenía como objetivo presentar un EEUU sofisticado, al margen de la política oficial, haciendo uso precisamente de los outsiders, máxima expresión del mundo libre que proclamaban.

No en vano, en Washington habían comprendido poco después de finalizar la Segunda Guerra Mundial que la confrontación contra la URSS no se iba a librar militarmente, al menos no directamente, sobre todo cuando se constató, en 1948, que Moscú disponía ya de la bomba atómica. Luchar en todos los demás frentes inimaginables se convirtió en ese momento en la máxima de ambos bandos.

El pintor Robert Motherwell, a la izda. con Frank O’Hara, René D’Harnoncourt y Nelson Rockefeller.
La exhibición de la cultura que diera prestigio propio y descrédito al enemigo pasó a ser crucial y se disparó la carrera por adueñarse de intelectuales “independientes”, artistas y pensadores respetados que respaldaran su visión. Esto formaba parte de los mimbres más elementales de la propaganda, pero su efecto era limitado. Por ello era necesario dar una vuelta de tuerca, poner en marcha una estratagema más sutil.

Para anular la opción soviética primero el OSS -Oficina de Sercicios Estratégicos- y después la CIA pusieron en marcha un programa para respaldar de forma subrepticia a los intelectuales y artistas no conservadores, es decir izquierdistas, revolucionarios, en ocasiones ex comunistas, críticos con el propio capitalismo, como el escritor George Orwell, pero que rechazaran de plano el estalinismo.

Era un giro original, ya que estas destacadas personalidades no se podían relacionar con Washington, porque ni siquiera respaldaban su política –ni en público ni en privado– y sin embargo, penetraban en las élites intelectuales trasladando la idea de liderazgo en las artes y el pensamiento del bloque capitalista, al tiempo que denunciaban el dirigismo soviético, que era el verdadero objetivo de toda la operación. La CIA se infiltró en todas las disciplinas culturales, especialmente la filosofía, la literatura, la música, y la pintura….

Según las propias palabras de Tom Braden, el agente de la CIA que coordinó la operación: “Habría de ser un emisario de los logros de la cultura americana, y había de trabajar para socavar los estereotipos negativos prevalecientes en Europa, en Francia, en particular, sobre la esterilidad cultural de los Estados Unidos”.

En ese contexto, Jackson Pollock apareció en el horizonte como el epítome de lo que le convenía a la CIA: típicamente americano, un granjero de Wyoming que enarbolaba, sin embargo, una forma de pintar radical y moderna. Junto a él una generación que conformaban una trouppe alejada, sin embargo, de los convencionalismos y poco representativos de la vertiente menos estimulante del american way of life, presa común de las críticas de la élite intelectual de todo el mundo.

Pollock podía aunar ambos aspectos: dechado del arquetípico americano, pendenciero, de pocas palabras, bebedor, una especie de Cowboy y no un “trasplantado” de Europa que enarbolaba sin embargo una nueva revolución. En realidad, Pollock se había mudado a Nueva York siendo niño y no había motado nunca a caballo, pero su imagen viril convenció a todo el mundo…

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