“La Causa Obrera Es La Causa Irlandesa. La Causa Irlandesa Es La Causa Obrera. Ambas Son Indisociables.”

Introducción

Cuando éirígí (palabra que en irlandés significa ‘levantense’) se fundó en Abril de 2006, sus miembros fundadores lo hicieron plenamente concientes de la importancia histórica de su decision de fundar una nueva organización así como de la larga y difícil lucha que tenemos por delante para alcanzar nuestro objetivo de construir una República Socialista Irlandesa. La génesis de la fundación de éirígí está marcada en su esencia por la comprensión de que el potencial que había existido previamente para la transformación revolucionaria de Irlanda se había invertido, siendo así acorralado en el espacio reaccionario del nacionalismo constitucionalista. La lucha republicana de casi cuatro décadas de resistencia en contra de la poderosa maquinaria de guerra británica había sido, en efecto, derrotada.

Esta era una lucha que había producido toda una generación de militantes abnegados y comprometidos, entre los que podemos contar a los diez mártires de la huelga de hambre de 1981, que murieron en una lucha épica que enfrentó a sus cuerpos desnudos y desgarrados en contra del hierro, del concreto y de la férula del campo de concentración conocido como el Bloque H, la primera línea del sistema británico en su guerra contra los prisioneros republicanos. Fidel Castro se inspiró en estos heroicos prisioneros cuando escribió sobre ellos que el suyo había sido “el gesto más conmovedor de sacrificio, abnegación y coraje que uno podría imaginar”. Tanto ellos, como muchos otros, fueron miembros de un movimiento que en algún determinado momento tuvo la oportunidad real de alterar radicalmente el curso de la historia irlandesa. El movimiento republicano provisional, sin embargo, no logró aprovechar esta oportunidad ni tampoco logró, pese a los discursos que afirman lo contrario, realizar avances significativos hacia la conquista de sus objetivos. Es así como toda la sangre derramada por sus propios militantes y por todos los que dieron su vida en casi cuarenta años de conflicto, desde que éste se reactivó en 1969, fue derramada en vano. Como una persona que pasó toda su vida adulta en ese movimiento y que estuvo comprometido como muchos otros militantes con él, me duele reconocerlo. Pero es la verdad.

Nosotros, republicanos revolucionarios irlandeses, nos encontramos en la odiosa situación de haber sido derrotados, primordialmente, por el fracaso de la dirección del movimiento republicano provisional en desarrollar una comprensión revolucionaria de la base histórica de este conflicto, y, más importante aún, de los cambios económicos, sociales y políticos necesarios para remediar las causas del conflicto; no definieron de manera sustancial la naturaleza del proyecto socialista que el movimiento proclamaba como fundamental para la futura república. De hecho, la verdad sea dicha, la derrota fue siempre probable dado que figuras como Gerry Adams, el entonces indiscutible líder de la lucha republicana supuestamente “socialista”, podía decir sin siquiera sonrojarse y sin la menor ironía, durante una entrevista en los 1980s que “No hay influencias marxistas en Sinn Féin, sencillamente no se trata de una organización marxista. No sé de nadie en Sinn Féin que sea marxista o que haya sido influenciado por el marxismo”.

El error fundamental de evitar definirse políticamente, tuvo un impacto sobre cuestiones organizativas y tácticas en el movimiento. El movimiento republicano provisional, durante su período “revolucionario”, era en realidad una organización en la cual predominaba una inadecuada mezcla de estructuras autoritarias acopladas con una postura exclusivista hacia la lucha armada. La “política” era entendida como una influencia corruptora, y el activismo político sin armas y la misma noción de movilización de masas eran, consecuentemente, relegadas a una importancia secundaria. El movimiento carecía de profundidad y sofisticación, tanto en términos teóricos como tácticos. Evidencia incontrovertible de esta realidad, es entregada por la realidad de un “proceso de paz” que, en última instancia, vio al movimiento republicano provisional adoptar un carácter nacionalista constitucionalista burgués, y, haciendo el juego a sus enemigos, se limitó a sí mismo tácticamente a la utilización de “métodos exclusivamente pacíficos”. De hecho, la realidad es que el movimiento republicano provisional ha cerrado el círculo y ahora busca reescribir la historia y afirmar, en retrospectiva, que por lo que se luchó fue por la igualdad en el Estado del Norte (controlado por los británicos), y no por derrocar a ese Estado, reemplazándolo por un Estado único, unitario, en toda la isla de Irlanda.

Como consecuencia de toda esta confusión ideológica y táctica en el seno del movimiento, la comunidad republicana jamás logró desarrollar la conciencia socialista revolucionaria necesaria para entender la verdadera naturaleza del conflicto en Irlanda. Esto tuvo por efecto la creación de una base de apoyo que, sin importar lo grande que pudiera ser en determinados momentos, era incapaz de hacer nada más que dejarse dirigir. Y en este caso, al final fue dirigida a la derrota.

 

Las juventudes de la IA, junto a las juventudes del PSOE, del PNV, de EA y Alternatiba de visita en Irlanda junto a Gerry Adams. No, no fueron a las prisiones irlandesas a visitar a los prisioneros políticos.

James Connolly dijo una vez que: “jamás conseguiremos una república irlandesa sin un partido revolucionario que actúe según la premisa de que las clases capitalista y terrateniente en las ciudades y el campo de Irlanda son cómplices criminales del gobierno británico en la esclavitud y sometimiento de la nación. Tal partido revolucionario debe ser socialista, y solamente el socialismo representa la salvación de Irlanda”. El fracaso para alcanzar (o al menos, para hacer progresos significativos hacia) los objetivos declarados del movimiento republicano provisional en este período reciente de luchas fue, como siempre, en último análisis, fruto del fracaso en comprender, aceptar y trabajar para dar una expresión práctica, a este postulado crucial de Connolly.

Aún dejando de lado la cuestión de la transformación socialista de la sociedad, el fracaso en hacer de la construcción del movimiento revolucionario socialista un elemento central del programa republicano, ha sido en gran medida la razón por la cual la lucha para terminar la ocupación política y militar británica ha fracasado. Esto se debe a que, al final de cuentas, el pueblo trabajador no puede tener una afinidad real y sostenida con un nacionalismo solamente preocupado de fronteras y control territorial. Uno no puede comerse una bandera ni puede vivir en ella. Son las relaciones sociales vivas en una comunidad, sociedad o nación las cuales son de real importancia. La mayoría de la clase trabajadora no está dispuesta a entregarse indefinidamente a una lucha que no les prometa mejorar sus circunstancias materiales. El creciente éxodo de militantes y antiguos colaboradores del movimiento republicano provisional (Sinn Féin) es testigo de ello. El creciente número de personas que han terminado por compartir el mismo análisis que éirígí refleja que la perspectiva de un futuro cambio revolucionario en Irlanda está, una vez más, convirtiéndose en una propuesta realista.

A lo largo del “proceso de paz”, el ejercicio del poder político se convirtió en el objetivo que guió a los líderes republicanos provisionales, los cuales cada vez mostraban menos entusiasmo por su compromiso retórico con el cambio revolucionario, dejándose guiar por la “realpolitik” y la búsqueda de la respetabilidad. Toda mención al socialismo se volvió secundaria a la construcción de un movimiento en el cual todos los principios podían, y de hecho fueron, tranzados en negociaciones con el enemigo. Esto era la antítesis de lo que representa históricamente la lucha republicana; la resistencia al gobierno británico debe ser, en esencia, el rechazo a una filosofía que defiende los intereses de una clase que se cree superior a sus subalternos. De no ser así, está condenada al fracaso. Este fracaso es el que vio al proyecto republicano provisional finalmente derrotado.

Quienes fundamos éirígí somos concientes de la condición extremadamente débil de la base de apoyo para el republicanismo socialista en la Irlanda de comienzos del siglo XXI. Sin embargo, nos entregamos de nuevo a construir una organización que pueda contribuir hacia el necesario objetivo de alcanzar las metas interrelacionadas de la liberación social y nacional de Irlanda. Como revolucionarios comprometidos con la lucha por un mundo diferente, mejor, no nos queda otra opción; nuestra contribución a un mundo libre de explotación, ambición, pobreza y guerra será la fundación de una República Socialista Irlandesa Democrática de 32 condados.

Éirígí se fundó plenamente resuelta y comprometida a la tarea de rescatar la lucha Republicana del callejón sin salida nacionalista y reformista en el cual se encuentra. Tal cual James Connolly hace más de cien años, nosotros también reconocemos que: “Si el movimiento nacional en nuestros días no quiere terminar meramente repitiendo las tristes tragedias del pasado, debe ser capaz de salir al paso a las exigencias del momento. Debe demostrar al pueblo de Irlanda que nuestro nacionalismo no es sencillamente una especie de mórbida idealización del pasado, sino que es capaz de formular respuestas definidas y claras a los problemas del presente y que tiene un credo capaz de ajustarse a las necesidades del futuro”

Hemos sido guiados en este esfuerzo durante cuatro años y medio por el principio de que quien no aprende las lecciones del pasado, está condenado a repetir los mismos errores. Por esto, éirígí tiene la firme convicción de que cualquier intento de rejuvenecer la lucha por la liberación, debe comenzar por re-examinar las razones de los más recientes fracasos. Nuestro punto de partida debe ser el análisis crítico de las modalidades y métodos organizativos y tácticos que han sido usados tradicionalmente en el curso de la lucha por la liberación. Las principales experiencias fracasadas son aquellas fundadas en el militarismo, el reformismo y en la política de “los obreros deben esperar”, es decir, aquella posición que sostiene que la liberación nacional es más importante que la liberación social, y por tanto, prioritaria.

En relación a la cuestión de la fuerza armada, es necesario aclarar que la posición de éirígí se basa en la defensa del derecho que todo pueblo sometido a una ocupación militar e imperialista tiene a utilizar los medios que estimen necesarios para resistir y derrotar a la ocupación. No creemos, sin embargo, que la utilización de la lucha armada deba ser un asunto de principios. Entender la lucha armada como una cuestión de principios y no de táctica en la lucha revolucionaria ha sido un factor que ha retardado históricamente el desarrollo del proyecto republicano. La política militarista estimula el elitismo y atrofia la iniciativa en nuestras comunidades; siempre ha terminado por elevar al “ejército” a una posición de importancia por encima y más allá de la lucha popular en general, y por esto, ha terminado por quitar el agua al pez, la cual necesita para nadar y de la cual depende su vida. La desastrosa campaña de bombardeos en Inglaterra de fines de los ’30s y comienzos de los ’40s, la frustrada Campaña de la Frontera de 1956-1962, y la fracasada campaña militar del PIRA (Ejército Republicano Irlandés Provisional –nombre oficial del IRA que lideró la lucha armada en Irlanda del Norte después del Domingo Sangriento en 1972) de 1971-1994, son ejemplos perfectos de períodos en donde la lucha armada fracasó porque se aisló de la lucha política de masas. Podría argumentarse que las campañas armadas como las que vivimos en esos momentos, de hecho impidieron la posibilidad de desarrollo para una necesaria lucha política de masas. Nuestra posición es que no existen actualmente condiciones para el éxito de la lucha armada en contra del gobierno Británico en Irlanda.

El “Proceso de Paz”
Ya han transcurrido diez años desde que se firmó el Acuerdo de Belfast, o Acuerdo de Viernes Santo (AVS) como se le conoce mejor. Este acuerdo es la base de todo el “proceso de paz”, dejando sentados los parámetros de una “solución final” al ancestral conflicto entre Irlanda e Inglaterra. Es central en este acuerdo la aceptación absoluta de la legitimidad del mandato británico en Irlanda. Según los términos del acuerdo, se acepta que el carácter constitucional de la ocupación británica no se modificará sino hasta que una mayoría de quienes viven en los seis condados ocupados lo decidan –en efecto, dando a una sexta parte del pueblo irlandés el veto sobre las otras cinco sextas partes.

El AVS, construido sobre el principio fundamental de la continuidad del mandato británico, llamaba al movimiento republicano provisional a aceptar y apoyar las instituciones de la “ley y el orden” ie., el sistema legal de la policía británica, sus cortes y sus prisiones. El argumento usado por Sinn Féin (el partido político del movimiento republicano provisional) para justificar su aceptación del “Estado de derecho”, es que las reformas a las instituciones políticas y legales del Estado del Norte (las cuales ponen un poco de poder de supervisión en manos de los políticos locales) de hecho apuntan al avance del retiro británico en algún momento distante. Este argumento carece de sustancia. El AVS tiene, de hecho, múltiples salvaguardas para neutralizar cualquier intento de “cambiar el sistema desde adentro”. El AVS representa un ejemplo de lo que el político británico de derecha Enoch Powell llamó, “dar poder para conservar el poder”.

La naturaleza de las reformas a la estructuras policiales bajo el AVS están claramente limitadas dado que la supervisión otorgada al Consejo Policial (el cual está compuesto con representantes de todos los principales partidos políticos del Norte) y de la Asociación Distrital de Policía (cuerpos regionales compuestos por políticos locales) puede ser burlada invocando intereses de “seguridad nacional”. La “seguridad nacional” a que nos referimos, es, por supuesto, la seguridad nacional británica. El MI5 (el servicio responsable de la seguridad interna del “Reino Unido”) mantendría el control general de manera inescrutable de las operaciones de inteligencia. Todo esto, es indicativo de lo desorientados que estaban algunos republicanos en cuanto a su comprensión de la naturaleza del Estado británico; dado que la función primordial de toda fuerza policial es defender la autoridad y legitimidad del Estado y servir a los intereses de quienes detentan el poder, es falaz creer que la participación republicana en estas estructuras pueda resultar en otra cosa que la continuación de esas mismas funciones.

El establecimiento político en Irlanda, Inglaterra y otros países lejanos, ha hecho bastante propaganda sin escatimar elogios interminables tanto para quienes negociaron el AVS, así como para el escenario político que éste creó. Es difícil encontrar un artículo en los medios oficiales o algún espacio en la televisión que vaya más allá de la retórica y que presente la realidad de la actual situación. Lo que no logran señalar es la realidad de que la zona ocupada por los británicos está hoy mucho más dividida que antes. Esto no podía ser de otra manera, ya que el AVS se basa en una tosca división sectaria del poder entre dos “tribus” opuestas.

El AVS es, de hecho, el desenlace de la estrategia de contra-insurgencia británica iniciada por el general del ejército británico Frank Kitson a mediados de los 1970s, y a la cual siguieron en términos generales todos los líderes militares y políticos británicos en lo sucesivo. El AVS y sus instituciones, así como el contexto que creó, son simplemente adiciones complementarias a la estrategia original de tres pilares de “Ulsterización”, “Criminalización” y “Normalización”.

Así que mientras el establecimiento político en Irlanda (el cual incluye ahora a los republicanos provisionales) continúa su práctica de darse mutuamente y de manera aparentemente eterna de palmaditas en la espalda, resulta útil para aquellos que apoyan la causa de la liberación de Irlanda, examinar con mayor atención cómo es que se llevó a efecto la estrategia contra-insurgente británica.

El primer pilar de esta estrategia, la “Ulsterización” (“Ulster” es el nombre que recibe el Estado de seis condados ocupados, pero en realidad es el nombre que históricamente ha recibido una provincia de nueve condados en el Norte de Irlanda) implica el retiro de las tropas británicas de la línea de fuego, para ser reemplazadas por una fuerza policial colonial como la RUC o el PSNI, así como por milicias locales como el Regimiento de Defensa del Ulster (una unidad del ejército británico compuesta por soldados nativos, la cual es conocida hoy en día como el Regimiento Real Irlandés). Este proceso, en efecto, mató a dos pájaros de un tiro, pues logró frenar el flujo de soldados británicos muertos (con toda la desmoralización política que les acompañaba de vuelta a casa) así como creó un escenario en donde el gobierno de Londres podía mostrar la lucha por la independencia irlandesa como nada más que “problemas” de gente mugrienta y de una religiosidad sectaria. Entonces, podrían ellos mostrar su rol en Irlanda como el de árbitros honestos que mantenían a raya a los belicosos “paddies” (término peyorativo utilizado para los irlandeses en Inglaterra) para que no estuvieran agarrados del pescuezo, y más tarde, como facilitadores de un “proceso de paz”.

Otro aspecto de la Ulsterización, aunque tal vez no haya formado parte del plan original de Kitson, ha sido una creciente aceptación de la división nacional como una realidad política aparentemente permanente. Los cambios hechos a los artículos dos y tres del Estado Irlandés de veintiséis condados en el sur (artículos que implicaban jurisdicción sobre toda la isla de Irlanda) no son más que un ejemplo de lo lejos que el gobierno británico y sus aliados irlandeses han llegado en términos de convencer al pueblo de que el territorio nacional, por alguna razón, termina en algún lugar al norte de Dundalk y al sur de Newry (donde está la línea divisoria entre los Estados del Norte y el Sur). Esta división psicológica es potencialmente más nociva que la frontera física.

La “Criminalización”, el segundo pilar de la estrategia de Kitson, tenía dos vertientes. Una intentaba proyectar la imagen de que la lucha de liberación era poco más que una empresa de carácter criminal, y que aquellos que estaban involucrados en ella, lo estaban por ambición personal, mientras que la otra vertiente mostraba a la misma lucha de liberación nacional como un acto criminal. Esta estrategia fue resumida claramente por Margaret Thatcher en su famoso discurso en el que afirmó que “un crímen, es un crímen, nada más que un crímen”.

Mientras que el primer objetivo se lograría mediante la utilización de propaganda y difamación, de infiltración y de espías, es el segundo objetivo el cual representaba la mayor amenaza para el republicanismo irlandes. La lucha en las prisiones de 1970 y de 1980 es una muestra de la importancia de este campo de batalla. La posición esencial de los británicos era simple –el pueblo irlandés no tiene derecho a organizarse como oposición a su mandato –particularmente si esa oposición es armada. Cualquier tipo de organizar la oposición al mandato británico más allá de los parámetros del guerrimandaje establecido por el gobierno británico, era considerado “criminal”.

El único mecanismo “no criminal” para que los irlandeses republicanos pudieran presionar sus demandas, era mediante el escenario de las elecciones, cuya limitación estaba definida por la existencia del veto “unionista” (término referido a los partidarios de la corona y de la anexión al Reino Unido). Este veto se podía ejercer sobre las instituciones creadas y controladas por el Estado británico. De esta manera, los republicanos quedaron de a poco confinados a una lucha comparable a una rueda de hámster, definida y controlada por los británicos. En este sentido no podía haber espacio para que los republicanos aplicaran una estrategia doble. Por el contrario, los republicanos necesitaron ser convencidos mediante una combinación de zanahoria y garrote para que terminaran aceptando que todas las formas de lucha, aparte de aquellas consideradas aceptables por el Estado británico, eran criminales.

Y finalmente, tenemos la “Normalización” –el intento de mostrar a la más anormal de las situaciones como si fuera normal. Mientras la guerra azotaba las calles irlandesas, el gobierno británico intentó convencer al mundo de que no había un problema de fondo en Irlanda. Pero la propaganda no bastaba para ocultar completamente la realidad de la ocupación británica, mientras la guerra arreciaba.

El AVS se convirtió, entonces, en el mecanismo mediante el cual la estrategia de Kitson se llevaría a efecto –el AVS tenía el potencial de cumplir con cada uno de los objetivos del gobierno británico en Irlanda, de mejor manera que el mayor número de tropas, de propaganda difamatoria o de reformas tibias podrían hacerlo.

Este fue y sigue siendo un tratado –como muchos otros en la historia de Irlanda- diseñado para fortalecer y solidificar la ocupación con el consentimiento y el apoyo de políticos nativos y de antiguos revolucionarios. El gobierno británico, tras un cuidadoso juego de políticas audaces y de ilusiones de negociación para avanzar en el camino hacia la justicia y la paz, convocó a la casi totalidad de políticos irlandeses a aceptar la afirmación de Tony Blair de que no “hay más camino” que el AVS. Al aceptar este análisis, todos los protagonistas terminaron finalmente por aceptar que todas las otras opciones, incluido el retiro de los británicos, no eran ni prácticas ni realistas.

El gobierno británico, a través del AVS, refinó sus operaciones coloniales para la Irlanda del siglo XXI. Aplacaron la rebelión y cuadraron a los militantes. La necesidad de frecuentes demostraciones de fuerza por parte del gobierno británico ha desaparecido. Las tropas de ocupación británicas han sido reducidas a sus niveles previos a 1969 y la resistencia popular nacionalista ha sido burlada. El control ahora es mantenido por vía de los vestigios de los poderes limitados que se han devuelto a la administración en Stormont (asamblea elegida localmente, con poderes limitados, que incluye a representantes de Sinn Féin).

La naturaleza real del rol birtánico en Irlanda es hoy en día, sin embargo, el mismo de siempre, en última instancia. El establecimiento británico sigue empantanado en una concepción imperialista de su rol en el mundo. Tony Blair, ese gran “demócrata” y administrador del “proceso de paz” en Irlanda, ya había adoptado esta posición en el 2002, cuando escribió la introducción del libro de Mark Leonard, “Reordenando el Mundo” (Reordering the World). En este libro, el gurú de la política internacional de Tony Blair, Robert Cooper, tiene un ensayo titulado “El Estado Postmoderno”, en el cual habla de la necesidad de un “nuevo imperialismo” para el siglo XXI. Desde Afganistán e Irak hasta América Latina e Irlanda, podemos apreciar a lo que se refiere: es decir, este es el “estado normal” de cosas en términos de las relaciones internacionales cotidianas.

 

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